• Editorial Semana

Atraco imperdonable contra la democracia


Por: Jesús Santa Rodríguez


La incompetencia e indiferencia del presidente de la Comisión Estatal de Elecciones, Juan Ernesto Dávila Rivera, sumadas a la mala voluntad de los líderes del Partido Nuevo Progresista que, a pocos meses de los eventos electorales, empujaron cambios estructurales al Código Electoral que vulneraron la expectativa de pulcritud en el manejo de los votos de la gente, han sido las causas directas del atraco a la democracia de nuestro país durante el desastroso proceso de las primarias llevadas a cabo en días recientes.


Estos sucesos eran totalmente previsibles y fueron advertidos por distintos sectores con tiempo suficiente para tomar decisiones que evitaran la debacle creada por el atraso en la impresión y entrega de las papeletas, y sus serias consecuencias, como parte de una “tormenta perfecta” de errores y horrores que rayan en el incumplimiento craso del deber público.


Dávila Rivera, quien no cuenta con la experiencia ni la espina dorsal para encarar este ni ningún otro evento electoral, había sido advertido hace tiempo, en múltiples ocasiones y por distintas personas entendidas en materia electoral, sobre el atraso en la entrega de papeletas, que era seguro y conocido, y que podría trastocar los procesos. Este retraso era harto conocido por todo el mundo. Se sabía que eran necesarias un millón setecientas mil papeletas, que al ritmo de la producción de trescientas mil diarias, era imposible que estuvieran a tiempo. Hasta una persona sin experiencia hubiera anticipado la ominosa posibilidad, y consultado con los comisionados para tomar las determinaciones oportunas para evitar este caos. En cambio, Dávila Rivera optó por dejar que el desastre corriera un curso temerario.


Días antes del bochornoso día de primarias, el presidente del Partido Nuevo Progresista, Thomas Rivera Schatz, había asegurado públicamente en varios foros que las papeletas estarían listas para el evento. En efecto, al menos en una entrevista pública se ufanó de que “él nunca jugaba para perder”, dejando en claro que su desempeño público gira alrededor de su propio beneficio personal en lugar del pueblo al que se debe.


Y como en este gobierno nada pasa por casualidad, fue precisamente Rivera Schatz quien impulsó un proyecto de ley totalmente innecesario dirigido a enmendar el código electoral, con el fin de dejar el campo libre al truco y la trampa por la vía de eliminar el balance institucional y la imparcialidad político partidista dentro de la Comisión Estatal de Elecciones. Con esta nueva ley, que fue aprobada a pesar de las advertencias de las más experimentadas figuras en el tema, se echaron por tierra décadas de credibilidad y garantía de los eventos electorales en el país, al entregar poderes virtualmente plenipotenciarios al más incompetente de los presidentes de la Comisión Estatal de Elecciones en toda su historia, quien fuera nombrado, precisamente, por este gobierno. La historia de horror se contó sola.


Nos encontramos en medio del entorpecimiento oficialista de un proceso de primarias que, por tradición pasada, lo corrían los mismos partidos sin grandes eventualidades, y pasó lo que se temía que sucediera. No fue por falta de advertencias. Fue por el diseño o la negligencia de este gobierno encabezado por una piña de gente peligrosa para nuestra democracia.

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