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Baraka, Shalom




Por: Lilliam Maldonado Cordero


La palabra “baraka”, de origen árabe, expresa el deseo de bendecir a quien la recibe. Propone la extensión de la presencia de Dios y su revelación a través de aquellos que le aman.


Nuestro país es uno de profundas raíces judeocristianas, por lo que tenemos poco acceso o pasamos por alto la estrecha relación del origen de las religiones cristiana e islamita. Estas poseen lazos comunes entre dos pueblos milenarios que comparten un mismo creador y divinidad. Sin embargo, durante los pasados años las distenciones se han recrudecido entre estos dos grupos hermanos, y es pertinente que tengamos contexto de, cuando menos, su trasfondo: histórico para unos y mítico para otros.


De acuerdo con el libro del Génesis, Dios había pactado con el padre fundacional de los judíos, Abraham, por este haberlo reconocido como el único dios para adorar. En aquel tiempo las tribus eran politeístas. Reverenciaban los elementos del universo y la naturaleza atribuyéndoles poderes deíficos, y creaban imágenes del sol, la luna o los animales para idolatrarlos. Estos eran pensamientos naturales para una especie humana en ciernes que buscaba en los elementos conocidos y visibles algún referente mágico para pedir por la fertilidad de sus tierras, buenas cosechas, salud y empoderarse sobre los enemigos.


A cambio del salto de fe y fidelidad de Abraham, Dios le prometió multiplicar su decendencia más que las arenas del mar. Pero, su esposa Sara era estéril y vieja, y ahí se complica el relato. Con el tiempo, al ver Abraham que Sara no concebía se precipitó en hacer cumplir la promesa divina y engendró un hijo con una sierva llamada Agar. De esa unión nació el primogénito de Abraham, Ismael. Más adelante, Sara quedó embarazada y engendró un hijo que llamarían Isaac. Al tiempo, los celos hicieron que Sara echara a Agar y al niño al desierto, literalmente a morir. Antes de su salida, Dios le reveló a Abraham que Ismael también sería padre de una gran nación.


Sometidos a las asperezas del desierto, Agar y el niño comenzaron a padecer hambre y sed, pero su sufrimiento no era ajeno al ángel de Dios, que al escuchar a Ismael llorar se les acercó, habló a la madre y le señaló un pozo de agua de la que bebieron y conservaron para el camino. Allí, también, Dios le reveló a Agar lo que había prometido a Abraham: que haría de él una gran nación. Su decendencia compone el mundo árabe. Mientras, Isaac tendría por hijo a Israel.


Esta no es una propuesta teológica o teosófica, sino el resumen un relato del libro que muchos usamos como referente de conciencia y fe. Al atisbar el origen común de los judíos y los árabes, descubrimos que comparten raíces y ven a Dios como único creador y regente divino universal, distinto a otras religiones politeístas.


A la distancia, muchos sabemos y seguimos la crisis de seguridad que sufren los hermanos palestinos en Gaza. Durante miles de años habían convivido con sus hermanos y primos judíos. Sin embargo, agendas de intereses geopolíticos han desatado una de las páginas más cruentas en la historia moderna en donde no existe espacio para Dios.


Confiemos en una resolución pronta a esta crisis. Ya sea que digamos baraka, del árabe, o shalom del hebreo, deseamos “la paz para contigo”. Todos los pueblos merecen vivir dignamente, y el mundo está obligado a promover la conciliación y el entendimiento.

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