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Benito, nos devolviste a América

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 12 feb
  • 3 Min. de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

El pasado domingo se jugó el tan esperado Súper Bowl estadounidense, un evento cuya protagonista intentó ser la sonada -y obtusa- controversia gestada por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y sus seguidores, a raíz de la participación del exponente de la música urbana, el puertorriqueño Bad Bunny, con una presentación que se comió sin masticar el mal de ojo que le hicieron algunos.


Confieso que nunca me había entusiasmado ver un Súper Bowl porque no entiendo ni papa sus reglas, aunque me las han explicado hasta con dibujitos. Mi pericia no pasa de saber que hay dos equipos integrados por hombres inflados de ejercicio y testosterona compitiendo para anotar goles quitándose a golpes y tortazos una bola que no es redonda, sino en forma de alcapurria. Sé que mi caracterización del juego podría traerme como consecuencia alguna reprobación o hasta el destierro de algunos círculos de amistades que se encaraman en los muebles a gritarle a su equipo. Pero, creo que no estoy sola. Son muchos los que ven el fútbol estadounidense con cara de acontecimiento, como se ve una novela china sin subtítulos. 


A pesar de esto, ordené mi día alrededor de ese medio tiempo en el que cantaría Bad Bunny, hoy por hoy la némesis del presidente norteño, porque con su inglés rústico y su donaire de que le importa un pepino lo que de él se piense, ha logrado por sí mismo lo que el otro no ha podido: el cariño y la adoración de, al menos, medio planeta Tierra. Perdérmelo no era opción, aunque tenga un oído ciego para el género urbano. 


Pero, no puedo negar que Bad Bunny ha resultado ser un fenómeno que trasciende el gusto por el trap latino y el reguetón, marcando un hito en la historia de la música… y en la historia. Su sonsonete monotónico evolucionó para copular, con la misma erótica, con otros géneros musicales, esculpiendo peldaño a peldaño la escalera alta por la que ha ascendido hasta una cima que difícilmente alcanzarán otros. No es casualidad que haya ganado múltiples distinciones, como los tres Grammys que cargó gracias a interpretaciones nada menos que en español, la primera vez en la historia, iy español puertorro!


Pero, su influencia no ha sido solo en el arte y la música: ha tenido palabra y peso en medio del caos político y social en el que se encuentra el gobierno estadounidense, con secuelas de proporciones catastróficas que afectan a todos los países del mundo. Esta coyuntura histórica es el resultado de la imposición de políticas públicas y estilos que creíamos muertos a manos de la democracia, gracias a los logros alcanzados en materia de derechos humanos y civiles gestados por tantas luchas humanas: un siglo en que apostamos adelantos en materia de justicia social, equidad, salud, educación, y avances inimaginables en la tecnología que confiábamos traerían luz y renacimiento a la humanidad. Hoy, vemos cómo hemos retrocedido.


En medio de ese lúgubre pronóstico, en el medio tiempo del Súper Bowl “americano”, un muchacho boricua con nombre de santo tiene hoy la voz más fuerte. Viene de la humildad, igual que todos los que somos de este pueblo, sin pretensiones, pero irreductibles, con demasiado orgullo de ser lo que somos. Quedó claro que América es de cabo a rabo del hemisferio, y “ahora todos quieren ser latinos”. Gracias, Benito, nos devolviste a América.

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