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Buscando la paz




Por: Myrna L. Carrión Parrilla


Mucho se habla de la paz, su valor e importancia, sin embargo, a veces parece que hablamos de algo que no depende de nosotros.


Cuando hablamos de paz podemos referirnos a la paz entre naciones, pero es importante reconocer que la paz comienza en cada uno de nosotros mismos.


Cuando buscamos en qué se basa la paz entre naciones, encontramos que, el mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas se rige por tres principios básicos: Consentimiento de las partes; Imparcialidad; No uso de la fuerza, excepto en legítima defensa y en defensa del mandato. Mucho de esto se basa en decisiones relacionadas a aspectos políticos o de principios culturales o de fe.


La paz es una de las mayores aspiraciones universales, deseo que con la evolución social logra constituirse como el Derecho Humano a la Paz, con el cual todas las personas tenemos derecho a vivir en paz, lo que no solo implica la ausencia de conflictos bélicos o violencia física, sino otros aspectos como erradicar la pobreza, la desigualdad y la discriminación, a partir de la observancia de los derechos humanos.


La obtención de la paz va más allá de las relaciones entre países, la verdadera paz es la que debe radicar en cada uno de nosotros los seres humanos.


La fraternidad es fundamental en la búsqueda de la paz y para lograrla recordemos las tres palabras claves para vivir en paz y alegría en la familia: permiso, gracias, perdón.


Escuché alguna vez decir que: “Cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias, gracias, y cuando en una familia uno se da cuenta de que ha hecho algo malo y sabe pedir perdón, en esa familia hay paz y hay alegría.”


La fraternidad tiene que ver con ese amor que se da entre los seres humanos especialmente al más débil, al que está a nuestro lado. La fraternidad conlleva un amor que sabe pedir perdón y permiso y sabe dar las gracias. Es el amor fraterno que se preocupa por el que está a su lado.


Para construir la paz es necesario cultivar ese amor fraterno cada día. Un amor que se preocupa por el otro y nos hace dejar de pensar sólo en nosotros mismos para darnos a los demás.


Cuando vivimos descentrados, es decir, que lo nuestro no es lo único importante, empiezan a ser importantes los problemas de los otros, que nos rodean. A veces pensamos que hemos olvidado nuestros rencores. Pero de nuevo vuelven a la superficie y no nos dejan vivir con paz. Vivir en el rencor es incompatible con avanzar y vivir una vida plena y satisfactoria.


En la búsqueda de la paz, muy poco vale, el que seamos como dice el refrán, luz de la calle y obscuridad en el hogar. Es en cada corazón que debe comenzar la paz y debe se genuina para que puedas tender la mano, en un gesto de paz, a todo aquel que tengas a tu lado, bien sea tu hermano, amigo, familiar o simplemente un ser humano que la vida ha puesto a tu nuestro lado, pues la paz comienza con nosotros mismos.


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