• Editorial Semana

Caña, melaza y azúcar


Por: Juan David Hernández León, PhD c.


En el Jardín Botánico de Caguas existen elementos que se desconocen para la mayoría de los residentes, porque las instituciones educativas y muchos intereses económicos no le ha convenido que se tenga conocimiento de esas joyas históricas de nuestra Ciudad.


Desde fines del pasado siglo XX, se dieron acaloradas discusiones sobre si el edificio que se encuentra en la parte Oeste de la antigua Hacienda San José era o no un barracón de esclavos. La posición nuestra siempre fue que era un barracón de esclavos, lo cual está consignado en varios escritos que hiciéramos en distintos periódicos y revistas profesionales.

Lo más interesante era que no eran pocos los que planteaban lo contrario. Esto me hizo ir a la fuente de mayor peritaje en la Isla en esa dirección, el Dr. Luis Díaz Soler, profesor, investigador y administrador universitario, autor del libro “Historia de la esclavitud negra en Puerto Rico”, y recipiente del reconocimiento como Humanista del Año en el año 2000, el cual confiere la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades a un puertorriqueño que haya aportado significativamente a la difusión del saber humanístico.


El docto profesor, quien por seis décadas se dedicó a transmitir su visión de conciencia histórica, con miras a comprender nuestro pasado, entender el presente y determinar nuestro futuro, confirmó lo que nos había enseñado en el salón de clases en la Universidad de Puerto Rico y en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. De esta forma se finalizó la batalla y desde ese momento se presenta el edificio con el uso que se le dio desde mediados del siglo XIX. Pero más allá de esa batalla se encuentra la realidad sociológica en torno al inmueble. El tener en nuestro suelo un lugar de almacenamiento de seres humanos es algo sumamente lamentable y bochornoso. Convertir seres humanos en mercancía para venderlos, comprarlos, permutarlos o regalarlos es algo que nos conmueve el alma.


En las haciendas azucareras se necesitaban, según Don Luis Díaz Soler, no menos de 72 personas para poner un trapiche de vapor a funcionar. El proceso del azúcar moscabado se dividía en dos. El primero era el agrícola que incluía el acondicionar el terreno, sembrar, abonar y estar pendientes a que no atacara ningún tipo de sabandija dañina a la caña y luego cortarla. Este primer proceso duraba alrededor de dieciocho meses. El segundo proceso era el industrial, en éste se necesitaba un peritaje de alto cuidado ya que comenzaba con el poner a moverse las masas que molían la caña, ya fuera por fuerza animal o humana, o por la fuerza desarrollada por la máquina de vapor. La caña se introducía de una en una y saben que sucedía si por casualidad se quedaba pinchada la mano de un obrero, simplemente la perdía. Es esta razón que se le conocía como la devoradora de manos a la máquina de vapor. Si esto era peligroso, el proceso de purificación era aún peor. Las calderas hervían a sobre 100 grados y en época de zafra no se detenían. Los esclavos que trabajaban en este proceso tenían que ser maestros azucareros. El trabajar 12, 14 o 16 horas diarias era extenuante por lo que muchos se quedaban dormidos y caían en las pailas. En esta jornada contra el racismo queríamos mencionar, este proceso que podría dar un panorama de cómo nos alimentamos en los siglos XVI al XIX. Los orígenes de nuestra mezcla racial y por qué no debe caber el racismo en nuestra sociedad. . .