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  • Editorial Semana

“Capitalismo del desastre y Estado de excepción”


Por: Juan Ilich Hernández


Si algo es evidente, es que el sistema de producción capitalista ostenta desde los tiempos primitivos una única capacidad de reinventarse y reclasificarse organizacionalmente. Es en ese sentido, cómo a través de los procesos de acumulación y maximización de ganancias, el capital busca establecer su efecto de autorregulación. De este modo, se pone en movimiento, el agresivo empuje de sentar las bases para monopolizar autónomamente los modos producción.


Por tal razón, según Negri & Hardt “el capital no necesita de un poder trascendente, sino que demande un mecanismo de control”. A raíz de este hecho socioeconómico e histórico- cultural, podemos comprender más detalladamente cómo el desarrollo social del capital va cambiando a la luz de las necesidades y exigencias del momento. Es por ello, que eso que antes solía definirse y clasificarse como relaciones de producción, actualmente hoy es concebido como un “supuesto” poderío ejecutorio para desestabilizar y destruir el orden social.


Mediante el despliegue contemporáneo que afrontamos vía el desastre climatológico de Fiona, la crisis fiscal, el fenómeno pandémico, la ruin imposición de la Junta de Control Fiscal, entre otros, han propiciado la formulación del germen de la desregulación. Ha sido por medio de este fenómeno no solo cultural, sino también global el que se vaya edificando la imbatible e imparable evolución de un sistema capitalista de tipo salvaje. Este opera precisamente en un espacio totalmente cambiante, es decir, heterogéneo el cual, a diferencia del capitalismo liberal, es prácticamente nula su intervención en los espacios sociales. También, es importante mencionar, que la finalidad de este nuevo modo de producción es seguir explotando a las clases sociales más vulnerables, ya que su fórmula reside en hacer los ricos más ricos y pobres más pobres vía el ejercicio de la privatización y mínima intervención de Estado.


Partiendo de la coyuntura sociopolítica, tanto a nivel local como global, se evidencia el perfecto ejemplo del deterioro y total abandono por parte del Estado del buscar velar por el bien-común de sus ciudadanos. Este hecho social, puede ser contextualizado con la mínima injerencia de asistir efectiva e inminentemente los recursos esenciales como es el derecho al agua y la misma electrificación ante el advenimiento de un huracán.


La disolución del Estado y el desmoronamiento de cada uno de sus microorganismos (instituciones) ante las crisis cíclicas han hecho posible la resignificación del sistema capitalista. Gracias a esta fractura, es que hoy día, la psicología de masas en Puerto Rico va decayendo debido a las mismas deformaciones económicas, políticas e incluso atmosféricas que trae consigo esta inoperancia estatal sobre la sociedad civil. Quiérase decir, que como bien señala Carlos Marx “son las circunstancias materiales (socioeconómicas) las que condicionan la naturaleza humana”. Tal señalamiento todavía permanece vigente.


Ante esta abrupta modificación psicológica y sociológica es que entra en vigor la mutación del Estado de la excepción. Según Giorgio Agamben este modelo de Estado acontece para suprimir el derecho a la vida, que muy bien el capital ha ido maniobrando y reconfigurando por medio de las crisis económicas. El mejor escenario para ilustrar esta directriz a nivel local es la delegación constitucional a una Junta de Control Fiscal y la mala gobernanza.


Cada uno de estos ejemplos, representan muy bien la notoria y agresiva mutación del sistema capitalista. Si no detenemos esta rampante actividad desregulativa del Estado de excepción, estaremos prontamente privatizando nuestra propia espiritualidad e incluso existencia. Queda en nosotros sembrar nuevas armas de concienciación y resistencia...

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