• Editorial Semana

Cosas de pueblo chiquito y de ciudad grande


Por: Dr. Francisco Rivera Lizardo

riveralizardi@yahoo.com


Pueblo chiquito (pequeño) campana grande, dice el refrán. En otras palabras; exageración. Un pueblo pequeño no necesita una campana tan grande para llamar a misa a sus pocos habitantes. Pues, sí señor. Bien grande y que todo el mundo la oiga. Y si se escucha en el pueblo vecino, mejor. Para que vean. Para que vean al oir. Además, como en pueblo pequeño se sabe todo y se comenta hasta la exageración. En el club privado de un pequeño pueblo del este puertorriqueño, cercano a Caguas, se ofreció una fiesta baile ‘a todo dar’ para el disfrute de socios y familiares cercanos. El club quiso ‘tirar la casa por la ventana’ y hacerla a todo lujo como las fiestas capitalinas. Al otro día la fiesta ‘era la comidilla del pueblo’. Un incidente, sobre todo, llamaba la atención de las damas. Una de ellas comentaba sobre el caviar -que al fin había logrado llegar hasta el pueblo-y que disfrutaron todos allí. Y que esa noche había champán para todos. Incluso que circuló limite el famoso “champán de la viuda Clo-cló“. Se refería al reconocido champán francés Veuve Cliquot, popularmente llamado en Puerto Rico “el champán de la viuda”. Al escuchar el presumido disparate, los oyentes lo comentaron con amigos y familiares. El comentario se convirtió en un chiste que se regó ‘por las cuatro esquinas’ del pueblito.


La señora fue bautizada a lo lejos como ‘la viuda Clo-clo. Desde esa fiesta en adelante la pobre señora vivió y mu- rió en la trastienda del Clo-cló.


Un estudiante puertorriqueño recién llegado de un pequeño pueblo del sur fue acogido con gran alegría por sus nuevos compañeros de piso (apartamento), estudiantes de Medicina en Madrid. Se le asignó su cuarto y comenzó a abrir sus maletas. Otro estudiantes vio lo que había en una de las maletas y fue corriendo donde sus compañeros y les decía en voz baja y sonreído, ¡Trajo mosquitero! Todos se reunieron en el cuarto del nuevo huésped. El mosquitero era blanco, nuevecito, y su mamá lo había doblado muy bien y colocado entre sus ropas para asegurarse de que no se le olvidara. “Te vamos a ayudar a poner el mosquitero para esta noche’, le dijeron. Él agradeció las atenciones de sus nuevos compañeros: “Agarra esta cinta aquí. Esta cinta la amarramos en la cama por ahí. Es muy corta, Fulano busca un cordón para amarrarla por allá. Sujeta ahora esta otra cinta. Esta otra cinta debe ser amarrada por allá. Corta un poco más de cordón”. Todos los jóvenes del apartamento cooperaron e hicieron una gran labor para ayudar al nuevo estudiante. Al final quedó el mosquitero muy bien colocado. El estudiante agradecía admirado lo bien que le había quedado el mosquitero sobre su cama, un rectángulo perfecto. Entonces vinieron las risas y los comentarios. ¡En Madrid no se usa mosquitero!, reían todos. ¡Aquí no hay mosquitos! El nuevo estudiante, sonrojado se daba cuenta que lo habían cogido de bobo y sonreía a medias. Sus compañeros de apartamento, todos muy buenos muchachos, todavía riéndose, procedieron a des- montar el mosquitero y llenos de risas, le quitaron los cordones, lo doblaron perfectamente como lo había hecho su mamá, _para que no sintiera mal_y se lo guardaron en la maleta. Todo envuelto en las risas que duraron por varios días.


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