Creador de un innovador negocio sobre ruedas


Por: Jorge L. Pérez


Juan Carlos Parra Ortiz, de 32 años, podría tener en sus genes el gusto por el mercadeo y el amor por el béisbol.


Nacido y criado en Bairoa, Juan es hijo de Juan Parra, miembro de la junta de directores de la Puerto Rico Baseball Academy que durante muchos años ha estado vinculado administrativamente a la industria de los cosméticos, pasando 14 años con L’Oreal y 20 años con Coty, 16 como su gerente general en Puerto Rico, y luego en Argentina, donde estuvo a cargo del mercado de ese país desde 2015 a 2018.


Dos de los hermanos de Juan Carlos -Juan Emmanuel y Héctor Pellot- se graduaron de la academia de béisbol y Héctor incluso jugó como profesional con la organización de los Mets de Nueva York.


Pero el amor de Juan Carlos por el béisbol no llegó tan lejos: “Yo jugué quizás hasta los 12 o 13 años, pero era el que se quedaba estudiando cuando los demás hermanos estaban jugando”.


Eso sí, ha sido fanático abonado de los Criollos de Caguas en la liga invernal.


Juan Carlos completó sus estudios en el ahora desaparecido colegio San José y luego hizo su bachillerato en comercio internacional en el recinto de Humacao de la UPR, pasando posteriormente a cursar un año de estudios graduados en la Universidad de Stanford, en California.


“Lo que pasó fue que mi novia -Vivian Bustillo- quiso irse a hacer sus estudios en California y, para estar cerca de ella, yo me fui para allá también… y eventualmente la cacé, porque ahora estamos casados”.


Antes y después de su paso por Stanford, Juan Carlos vivió en San Francisco.


“Primero estuve trabajando en ventas y mercadeo pero mi sueño siempre fue trabajar para la compañía Apple”, dijo. “Lo que resulta un poco gracioso es que al mismo tiempo, Aldo Briano, un puertorriqueño radicado allá, estaba reuniendo capital para montar una empresa, y resulta que el mismo día que yo finalmente empecé a trabajar en Apple en mercadeo interno, él me llamó para hacerme una oferta”.


“Todavía tengo guardado por ahí el cheque que me dieron por mi único día de trabajo en Apple”, dijo.


Estuvo con su amigo durante un año y luego trabajó durante cinco años en ACCELO, una compañía dedicada a los servicios profesionales automatizados, “donde empezamos con 10 empleados y terminé como gerente de mercadeo en una compañía que a los cinco años ya tenía 147 empleados y oficinas en San Francisco, Denver, Sidney e Inglaterra”, agregó.


“Pero un día leí un artículo micromobilidad y me di cuenta de que eso era lo que había estado buscando toda mi vida”.


Así, en 2018, “le escribí a Aldo, que seguía con su compañía, y le dije: ‘Prepárate, que nos vamos a Puerto Rico a poner ‘scooters’”.


“Quería regresar a la Isla después de haber estado como ocho años en la diáspora, para hacer algo que ayudara a mi país”.


De primer momento Aldo le dijo que no, “pero a la hora me llamó y me dijo que sí”.


Convertidos en socios, Juan Carlos y Aldo terminaron fundando así en 2018 la empresa local Skootel.


En pocas palabras: controlan todas las ‘scooters’ (o patinetas motorizadas) que han empezado a verse en varias regiones del país, pero particularmente en San Juan y Guaynabo.


“No puedo decir cuántas son, pero son muchas”, dijo. “Tenemos tres tipos de clientes: los turistas, que las usan en el área de San Juan, los estudiantes y también las personas que están haciendo una transición del uso del carro, y las usan para ir a sus trabajos o para hacer unas gestiones desde sus trabajos”.


En este mundo donde casi todo está empezando a ser virtual, el uso de las ‘scooters’ se ejecuta mediante una aplicación.


“Hay distintos niveles, pero por lo regular por $1 se activa y se prende la ‘scooter’ y luego se cobra 28 centavos por cada minuto de uso”, agregó. El cliente sencillamente toma el vehículo desde cualquiera de los sitios donde estos están estacionados -incluyendo todas las estaciones del tren urbano- y luego los dejan estacionados cuando los terminan de usar.


“Nosotros tenemos un rastreo de las ‘scooters’ por GPS y ellas también se bloquean automáticamente cuando no están en uso”, agregó, “pero tenemos a la gente que pasa a recogerlas donde estén”.


“Les damos mantenimiento y luego, si el cliente la quiere otra vez, temprano en la mañana se la dejamos en el mismo lugar”.


En fin, es un negocio que va bien… sobre ruedas.