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(Des)encuentros en la calle (Parte II)




Por: Juan Ilich Hernández


Al tomar como iniciativa práctica cultural el andar a pie, aprendemos a apreciar muchísimo lo que es el arte, cualidad que a su vez agudiza los mecanismos humanos, es decir, los sentidos. Países del mundo como Cuba, Colombia, Paraguay, Perú, España, etc. apuestan a esta dinámica. Tales efectos, bien que se nos presentan a flor de piel en lo que concierne a la visión y la misma comunicación como octavo sentido. Sin embargo, hoy dichas capacidades de la cognición y conducta humana están totalmente condicionadas por las nuevas tecnologías. Los mejores escenarios que ejemplifican estos intrusivos velos sobre nuestra acción- social son el hiperconsumerismo, el forzamiento de la cultura motorizada, la desinformación y sobre todo la imparable digitalización del mundo.


Si analizamos cada uno de estos fenómenos sociales a nivel macro, hallamos que aparte de ser universales a su vez han ido modificándose acorde a los progresos de la ciencia y la técnica. Tanto es así, que, si vamos a hacer alguna compra, sea en tiendas como en supermercados u otro lugar en particular, el comportamiento del consumidor contemporáneo sin importar la edad es ahora uno automatizado y bajo apuro. Mientras que hace uno o dos lustros atrás la interacción social era una más afectiva y comunicativa en el sentido de que si uno necesitaba la ayuda para hacer una llamada telefónica porque olvidaste el celular, siempre había alguien dispuesto para tender su mano. Inclusive, si la fila de X o Y espacio era una interminable, mínimamente había una amena conversación de cualquier tipo de índole. Entretanto, actualmente eso ya se ha difuminado con la intervención de los aparatos electrónicos los cuales obligan a reforzar una conducta agresivamente individualista y unísona.


Considero, que las características antes mencionadas ya estaban asentándose en la psicología de masas, pero desde mi apreciación científica, el efecto disparador que hizo posible reconvertir al ser humano en un engranaje maquínico fue el fenómeno pandémico. Traigo a colación el tormento del COVID-19 a la mesa de discusión y observación, dado que este con sus políticas severas del encierro, aislamiento, distanciamiento social forzado, y terrorismo del miedo posibilitó una plena entrada al mundo de las compras virtualmente. Quiérase decir, que ese sinfín de aplicaciones que hay en los teléfonos inteligentes que provocan mucho revuelo, atracción e impacto como Uber-Eats, CESCO-Digital, Amazon, Walmart- pedido y recogido, etc. cobraron no solo durante la pandemia un giro significativo contra tales mandatos del sistema económico- político, sino que matizó por completo las relaciones sociales.


Desde esta mirada en específico, no pretendo ni menospreciar al entorno digital, ni mucho menos a lo que es el COVID-19, pero si de algo estamos seguros, es que ya lo que solía ser un cálido saludo y/o entablar una frágil conversación en los pasillos de compra han mermado. Ha sido evidente, que nuevos tiempos implican nuevas inventivas. No obstante, ¿Bajo qué costo estos novedosos aparatos técnicos realmente atienden situaciones de índole humanista? Es en ese sentido, que, si nos volvemos incapaces de trabajar con nuestras mismas fallas o deficiencias, lo robotizado será realmente la receta ante tal problema social.


Por tal motivo, es que resulta prioritario rescatar el arte de la comunicación efectiva y directa, no meramente a nivel verbal, sino en general ya que este se encuentra polucionado por la cultura “smart o inteligente”. Y qué mejor manera de poner en práctica tales objetivos, que volviendo a retomar el diálogo dentro e incluso fuera del hogar bajo un enfoque concienzudo … (Continuará)


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