• Editorial Semana

El absurdo colonial dedemócratas y republicanos


Por: Prof. Luis Dómenech Sepúlveda


“No hay esclavitud más denigrante que la voluntaria” (Séneca)


Una vez más ha quedado inequívocamente confirmado que el ELA colonial fue una patraña impuesta por la metrópolis no solamente para perpetuar el colonialismo sino también para “engañar” a los puertorriqueños y a las Naciones Unidas con el cuento del pacto bilateral y el supuesto “gobierno propio”.


El objetivo de la metrópolis no fue otro que mantener control absoluto de su colonia caribeña como instrumento de explotación, sumisión y servilismo al servicio de sus grandes intereses geopolíticos, hegemónicos y económicos. De hecho, los únicos boricuas que no se tragaron semejante mentira fueron los independentistas puertorriqueños cuya denuncia e indignación fue dramatizada mediante la Revolución de Jayuya el 30 de octubre de 1950 y el asalto al Congreso el 1 de marzo de 1954. Y no lo digo yo. La historia se ha encargado de dejar al desnudo los efectos nocivos de nuestra relación colonial con Estados Unidos tras 122 años de subyugación política.


Basta dar una mirada a nuestro historial colonial para comprender la devastadora magnitud psicológica y sociológica que arrastra nuestro pueblo desde la invasión estadounidense en 1898. Se nos impuso la ciudadanía anglosajona en 1917 y desde entonces, más de 225 mil puertorriqueños han servido de “carne de cañón” en sus más de 210 intervenciones guerreristas con un saldo que supera las 2,000 bajas de jóvenes puertorriqueños. No conforme con ello, más de cinco millones de puertorriqueños se han visto forzados a abandonar el país ante el estado de pobreza, desigualdad, politización, criminalidad y la corrupción rampante que ha provocado el deterioro de la calidad de vida colectiva. Como resultado de ello, Puerto Rico atraviesa por su peor crisis económica de nuestra historia política con una deuda pública que supera los $72,000 millones (72 billones) provocando la degradación del gobierno electo mediante la imposición, de parte del Congreso y el presidente de EEUU, de la Ley Promesa y la Junta de Control Fiscal. Es decir, nadie puede negar que nuestra relación colonial con Estados Unidos no solamente ha servido para desestabilizar nuestra calidad de vida, sino que ha provocado el sentido de impotencia, el desasosiego colectivo y la desintegración familiar.


Aún así, todavía contamos con amplios sectores dispuestos a servir de alfombra con tal de mantener el brillo de la bota colonial. Recientemente, 1,700 delegados del bipartidismo colonial, rojos y azules, celebraron en Cataño su asamblea para elegir la directiva local del partido demócrata estadounidense. Con ello no tan solo le rindieron loas y pleitesías al colonizador, sino que testimoniaron su nivel de sumisión y servilismo como meros súbditos de la metrópolis. Y todo ello en abierta violación a la Orden Ejecutiva contra el Coronavirus. Ambas colectividades ratificaron su vocación por la asimilación política y su disposición a desaparecer como país antillano y latinoamericano. Poco les importa que la metrópolis mantenga su bota sobre nuestros pechos con tal de seguir guisando del banquete total.


Comprobado: el colonizado es irrehabilitable.