• Editorial Semana

El enfermito, el mamito y el gallito


Por: Dr. Francisco Rivera Lizardi

riveralizardi@yahoo.com


El mamito era un adolescente o jovencito que le gustaba ir siempre bien vestido, elegante y bien peinado con brillantina y onda lustrosa en el pelo con un “gallito” al frente. En los años 30 y 40 al mamito se le llamaba pitre, derivado del español petimetre, a la vez‘ derivado del francés: petit maitre. En los primeros años 40 se pusieron de moda los mamitos, que lucían camisas de colores (hawaianas) y usadas por fuera del pantalón por primera vez. Se creían verdaderos mamitos con sus camisas de colores por fuera y colocados bajo el farol del poste negro de la luz de la esquina mientras esperaba que la muchachita se asomara al balcón o bajara al ventorrillo a comprar galletas. Años después a todo muchacho bien vestido se le llamaba mamito o parece un mamito o se cree un mamito.


El gallito era un muchacho que también se creía con derecho a poseer a todas las muchachas bonitas de Caguas. Y hasta pelear por ellas. Uno de los gallitos criollos a veces solía reunirse con los señores Rompenoches que hacían tertulias hasta altas horas de las noches frente a la Alcaldía y cerca del célebre Plaza Bar en donde también se hacían tertulias de béisbol. Los domingos por las noches y vestido con chaqueta cruzada azul marino, pantalón de lanilla color crema, zapatos blancos y corbata bien vistosa, se paraba en la esquina de la plaza que daba al plaza Bar, para observar si alguna de las muchachas que pasaba volvía los ojos para mirarlo. Su frase preferida era: Yo soy un gallo de pelea y mi casa es mi gallinero. La gallina que entra a trabajar en mi gallinero sabe que más temprano que tarde yo la voy a pisar. Mi casa es mi gallinero y yo soy el gallo. ¿Entienden?


El enfermito veía una muchacha bonita y de inmediato ya no sabía si iba o venía. La cabeza le daba vueltas y la seguía maravillado por las curvas de su cuerpo hasta que se daba cuenta que él había salido a recortarse el pelo y que ahora tenía que dar la vuelta casi tres esquinas atrás. ¡Que tronco e’ piernas!


En el “cachetito” familiar del sábado por la noche en ocasiones encontraba que le gustaban tres o cuatro distintas. Se llegó a creer que Papa Dios había creado a todas las muchachas bonitas exclusivamente para él. Los amigos ya lo conocían: Por eso le decían: ¿‘Toas pa’ mí”?

En las noches de béisbol quedaba deslumbrado al ver entrar a la veinteañera elegante: ¡Qué muñeca! En ‘el volibol era la alta adolescente con porte de modelo francesa y durante el baloncesto la serena belleza virginal que reposaba sus pensamientos tres las a la derecha.

Los viernes, sábados y domingos por la noche en el desle de muchachas alrededor de la plaza de recreo de Caguas, y durante las primeras vueltas, las dedicaba a “ver el material”.

Iba seleccionando las que más le atraían. A las escogidas le dedicaba una vuelta a cada una para decirle “cositas” y a otras “para hacerles el cuento”. Así era la vida del “enfermito”; como la del picaflor en el jardín, volando de flor en flor hasta que la noche se rindiera de cansancio o hasta que sonara la sirena de las nueve por la radio con “Kresto en el aire” en que las muchachas tenían que “estar en sus casas” por mandato firme de sus padres.