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  • Editorial Semana

El valor de “las cosas pequeñas”


Por: Lilliam Maldonado Cordero


La vida pasa, inexorable, entre deberes y placeres, luces y sombras, ganancias y fracasos. En los reencuentros casuales -ya sea para celebrar un nuevo año o llorar un duelo-, nos prometemos vernos, un día de estos, café en mano, y así se va el Sol, dejando a la suerte el recurso más importante que se nos ha regalado: el tiempo, precisamente, para vivir.


Sin que podamos recordar el momento exacto, los hijos crecen, las amigas se van, y los padres y abuelos comienzan su peregrinación a la vejez y, más adelante, la eternidad. Es entonces cuando añoramos las tardes calurosas en la escuela, las habichuelas de la abuela que despreciamos, el beso húmedo de una hija y los regaños de la madre ausente.


Vivimos demasiado ocupados preocupándonos, sumergidos en la sombra de lo que vendrá, de lo que no será, de aquello que nos prometieron y no cumplieron, de la sentencia injusta e infundada. Mientras, nos pasan por el frente, y de largo, el amor, la oportunidad y la alegría, vestidas de colores brillantes y maravillosos, invisibilizadas detrás de nuestra obcecada e incesante ansiedad por todo lo que está anotado en la agenda de papel, siempre inconclusa, de los deberes interminables.


Y así pasa el tiempo, sin darnos cuenta de que lo que parece pequeño es, realmente, lo importante: ver, una vez más, la película favorita de un hijo, preparar con afán -y hasta el agotamiento- el convite para las fiestas navideñas, salir a compartir con viejos amigos, visitar a los abuelos…


Todo pasa. Lo malo…y lo bueno.


Por eso, tomemos también la costumbre de calendarizar momentos de ocio, escuchar nuestra música favorita, tomarnos unas vacaciones, disfrutarnos un buen vino en buena compañía. Abramos los álbumes y redescubramos que no nos veíamos feos, viejos ni gordos en las fotos viejas. Reanudemos aventuras inconclusas. Leamos todos los libros que hemos comprado y permanecen cerrados. Hablemos con un amigo hasta que nos manden a callar. Disfrutemos de nuestra propia compañía con mucho más frecuencia.


Al final, nos daremos cuenta de todo el tiempo gastado en la añoranza de lo que pudimos hacer y no hicimos. Por eso, antes de ese final todavía distante, contemos los distintos tonos de verde que visten las montañas, llamemos a quienes estamos extrañando, usemos el lápiz labial rojo que tanto nos gusta, aprendamos a trotar por primera vez, hagamos yoga, escribamos poemas y abracemos la familia hasta que se harten de nosotros.


El tiempo, ese maestro sabio e implacable, se encargará de dejarnos saber, eventualmente, que siempre fue más importante la risa de los niños, la lágrima enjugada con amor y el primer beso. Todo lo que, en su momento, nos pareció pequeño e intrascendente, jamás será superado por las reuniones interminables, los clientes insaciables, las juntas y las cosas materiales, por ser finitas en su naturaleza.

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