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  • Foto del escritorEditorial Semana

“Esta juventud”




Por: Lilliam Maldonado Cordero


En días recientes acompañaba a un familiar a una cita médica en una sala de espera preñada de adultos mayores. La estancia estuvo sazonada por comentarios relacionados con el calor, los malos recuerdos de María y el miedo ante la posibilidad del azote de otro huracán, la criminalidad, la política y “la juventud de hoy”, todos temas obligados en el contexto de la espera puertorriqueña.


Como es natural, hubo contrastes intergeneracionales de las opiniones entre la mayoría de los pacientes que allí esperaban. Algunos le achacaron el calor, la frecuencia de los huracanes y hasta el incremento en los actos delictivos y violentos a “la proximidad del fin de este mundo” y los castigos divinos de un dios muy distinto al que nos presentan los Evangelios. La política, tema obligado donde “dos o más se reúnen”, era interrumpido por breves espacios de silencio entre las opiniones incisivas y hasta peligrosas, dando oportunidad a dejar que el polvo se asentara, evitando el acaloramiento de la discusión.


Entonces, le llegó el turno al encarnizamiento de “estos muchachos de ahora”: “que si en mis tiempos todo era mejor; que si la pérdida de valores de hoy día; que si los asesinatos a tutiplén; que cómo se visten las muchachas; que si la música…”


No pude ignorar que le imputaran la culpa de todas las vicisitudes que sufrimos a esa masa heterogénea compuesta por nuestros jóvenes. Recordé una máxima del actor estadounidense, Clint Eastwood: “La gente dice que deberíamos dejar un planeta mejor para nuestros hijos. La verdad es que deberíamos dejar unos hijos mejores para nuestro planeta”. De eso se trata. Porque los muchachos que pululan por ahí son nuestros hijos y los hijos de estos: nuestros nietos. Y así, sin encomendarme a nadie, metí la cuchara en la conversación.


Los jóvenes de hoy día son, en gran medida, el reflejo y resultado de aquello que le dieron sus adultos dentro de su contexto familiar y social. Un niño cuyo padre o madre estuvo ausente durante su desarrollo emocional tratará de llenar ese vacío con elementos y experiencias que tengan significado para él y tenderá a modelar el comportamiento de aquellos más próximos por quienes desarrollen algún tipo de admiración o dependencia material y emocional. Nuestros jóvenes son reflejo y resultado de décadas de relaciones intrafamiliares, comunitarias y sociales. No podemos esperar mandarinas si hemos sembrado zarzales.


Por otro lado, es irrazonable juzgar a todos los jóvenes por hechos que responden a la conducta reprobable de unos pocos, algunos de ellos víctimas del desdén, precisamente, de aquellos adultos que les negaron seguridad y amor. No cuesta mucho mirar al lado, mientras manejamos, y ver a jóvenes padres y madres camino a sus trabajos llevando a sus niños a la escuela, ver a una jovencita vestida de enfermera caminando apurada por la acera hacia la universidad, y reconocer el desempeño de la mayoría de nuestros estudiantes y atletas.


No esperemos cosechar manzanas de un Olmo. Antes de criticar a nuestros jóvenes, analicemos cuál ha sido nuestro rol y aportación como padres y abuelos para enriquecer sus vidas y nutrirlas con un ejemplo de decencia, ambiciones saludables, empatía, disciplina y autoestima, más allá de criticarlos, acusarlos y amenazarlos con sentencias apocalípticas. Mirémoslos desde la escucha de sus dificultades, del modelaje y la comprensión, y admiremos a la mayoría de ellos por luchadores y emprendedores.

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