• Editorial Semana

Esto también pasará


Por: Lilliam Maldonado Cordero


En días pasados acompañaba a una amiga mientras manejaba un delicado asunto personal relacionado con su madre, enfrentándose al paupérrimo acceso a servicios de calidad dirigidos al cuido de personas de la tercera edad, que es cada vez más exiguo en el país.

Días antes, compartía con otra amiga su dolor por la pérdida de la persona a quien me describía como su apoyo principal, referente de paz y dirección para su vida, su madre, y el reto que representaba el cuidado de su papá, ahora solo, postrado por los avatares de las enfermedades asociadas con la vejez.


Después de los huracanes, los terremotos y la pandemia, todos, en mayor o menor grado, hemos sido tocados por la pérdida material y el dolor de la separación de familiares y amigos, ya sea porque han partido de este plano o se hayan visto precisados a marcharse a buscar un mejor porvenir.


En un lapso muy corto de tiempo, los puertorriqueños, como colectivo, hemos atravesado demasiadas vicisitudes. Pero, por encima de estas experiencias, somos más los que apostamos a la esperanza de un mejor amanecer sabiendo que “esto también pasará”, como afirma un adagio persa.


Los retos que nos ha presentado la vida, como pueblo, nos han obligado a sacar lo mejor de nuestros recursos internos, particularmente los espirituales, para mantenernos en una sola pieza, como país, luchando por mejores condiciones de vida para nuestra gente -especialmente nuestra clase trabajadora-, para nuestros estudiantes o las mujeres que combaten la inequidad laboral y social, y para todos los que sabemos que una sociedad más justa para todos es posible.


A pesar de las sombras del pesimismo que luchan por entronizarse, y que a veces nos cuestionamos si este trecho lo recorreremos rápidamente y con éxito, a nuestro lado otros también corren el tramo del relevo que le toca por vivir con optimismo y alegría. Vemos una nueva cepa de jóvenes entusiasmados explorando iniciativas innovadoras, rompiendo con los paradigmas del pasado del “no se puede”, para plantear modelos nuevos de cómo alcanzar, de forma distinta y sensible, el éxito. Conocemos de otros que creyeron haberlo perdido todo, y reabrieron el libro de la creatividad y el emprendimiento para reiniciar una nueva aventura, dejando atrás las páginas del dolor que, también, fueron fuente de enseñanza y fortalecimiento.


Vemos cómo ángeles -conocidos y anónimos-, nos van animando a la vera del camino. Ya comenzamos a sentir el abrazo tibio de nuestros padres, abuelos y amigos anunciando que el tiempo de la pandemia es finito. Ya, con cautela y en lugares abiertos, podemos retirarnos ocasionalmente las mascarillas para sentir la caricia del sol o del viento que nos pinta la cara, en celebración del cierre del trance que nos cubrió durante el pasado año y medio. Ya podemos vernos a los ojos desde más cerca.


En la víspera de esta nueva humanidad, acogemos con agradecimiento las muestras de amor y desprendimiento de quienes nos regalan expresiones de esperanza en los lugares menos esperados, como el “¿cómo estás, mi amor?” de la cajera que nos atiende en el colmado, o ver desde la carretera, en un balcón alto de un edificio, la palabra “FE” escrita con luces de colores, afirmándonos que todo esto pasará. Estos son los pequeños, pero también, grandes homenajes a la más pura solidaridad que nos regalamos los unos a los otros, muchas veces sin conocernos, porque sabemos cuánto nos necesitamos.