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“Hagan de Puerto Rico un estado ahora”.


Por: Jennifer González Colón


“Hagan de Puerto Rico un estado ahora”. Así se titula una columna publicada por The New York Times, donde su autora, la profesora de derecho en Columbia Law School Christina D. Ponsa-Kraus.


La profesora comienza diciendo que “como todos los estadounidenses, el pueblo de Puerto Rico acudió a las urnas el martes. Pero a diferencia de sus conciudadanos, los puertorriqueños no pueden votar por el presidente, ni por los senadores o representantes (excepto por un ‘comisionado residente’ sin derecho a voto). En cambio, se preguntó a los votantes si querían que Puerto Rico se convirtiera en el estado 51 de la unión: “sí” o “no”. Eligieron “sí”. Con esta histórica votación, los puertorriqueños han apostado por su admisión como el estado 51 de la Unión”.


Comenta, además, que ahora que lo ha hecho, los oponentes a la estadidad comenzarán a lanzar obstáculos. “Algunos dirán que el lenguaje de la boleta electoral fue defectuoso; otros que el margen de la victoria no era lo suficientemente grande. Los escépticos se preguntarán si es el momento adecuado, política o económicamente. Pero estas objeciones no deben interponerse en el camino. El Congreso debería convertir a Puerto Rico en un estado ahora”.


Destaca Ponsa-Kraus que “el doloroso legado de los prejuicios raciales de Estados Unidos contra Puerto Rico hace que la admisión inmediata de la Isla a la condición de Estado sea un imperativo político y moral”. Y agrega que al detenerse ahora, el Congreso agregaría un nuevo insulto a la vieja herida al confirmar la sospecha de que el racismo contra los puertorriqueños está vivo y coleando en Estados Unidos.


En un recuento histórico, señala que antes de que Estados Unidos anexara Puerto Rico en 1898, la estadidad no era una cuestión de sí o no , sino cuándo. Cada territorio adquirido por Estados Unidos eventualmente se convertiría en un estado. Pero cuando se trató de Puerto Rico, el Congreso se opuso. Pospuso el otorgamiento de la ciudadanía a los puertorriqueños y la Corte Suprema aprobó el trato desigual de la isla, dejando en claro que la estadidad no estaba necesariamente en las cartas. Estas opciones, subrayó, reflejaron las actitudes abiertamente racistas de la época: “como lo expresó descaradamente la corte en una decisión de 1901, Estados Unidos debería dudar antes de otorgar ciudadanía, derechos e igualdad a los puertorriqueños porque eran una raza ‘extranjera”.


Da cuenta, además, que los puertorriqueños se convirtieron en ciudadanos estadounidenses en 1917, pero hasta el día de hoy, el Congreso gobierna a Puerto Rico bajo la Cláusula Territorial de la Constitución, que lo faculta para hacer “reglas y regulaciones” para los territorios estadounidenses. Se aplican en la Isla, con algunas excepciones determinadas por el Congreso, las leyes federales, pero los tres millones de ciudadanos estadounidenses que viven en Puerto Rico no tienen voz en la elaboración de esas leyes. Advierte que si bien la isla se conoce oficialmente como un “Estado Libre Asociado” desde principios de la década de 1950, esa etiqueta no cambió su estado: sigue siendo un territorio de los EE. UU.

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