La alegría de la fraternidad
- Editorial Semana

- 26 feb
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Los juegos olímpicos invernales de Milán Cortina llevados a cabo durante las pasadas semanas, y muy especialmente su cierre, demostraron que la paz entre los pueblos es posible. Enmarcados en uno de los países de mayor historia y profundidad cultural y religiosa, Italia, este certamen deportivo nos deleitó con la belleza de Milán, un cierre memorable en la provincia de Verona, y sus impresionantes Alpes cubiertos de nieve, que fueron tanto protagonistas como telón de fondo.
La diversidad cultural no quedó atrás. Verona, destino obligado para la ópera y conocida por las obras de Shakespeare, vistió su coliseo de colores y personajes creados por genios de la literatura y la música, con piezas interpretadas y bailes ejecutados con la perfección y el lujo de sus mejores exponentes. Así mismo, para deleite de algunos y decepción de otros, el reguetón no faltó, bailado nada menos que por los atletas. Vamos aprendiendo, aun los más conservadores, que necesitamos abrazar los cambios y aprender a evolucionar, porque las expresiones del arte, igual que las lenguas del mundo, cuando no se maridan unas con otras, se mueren.
Vemos que, mientras los principales líderes de los países más poderosos del mundo se encuentran pujando guerras económicas y bélicas buscando dominarse unos a otros, los jóvenes que les representaron en las olimpiadas competían para vencerse unos a otros, pero para abrazarse al final de cada batalla con la fraternidad como signo. Ondeaban sus banderas con júbilo, no como señal de la dominación de la soberbia, sino del sentimiento de orgullo nacional por haber alcanzado un logro singular e histórico para sus equipos y sus pueblos.
Este espíritu de fraternidad en medio de las pugnas políticas nos acuerda un relato corto y puntual: la Fábula de la colina compartida. En una colina vivían dos grupos de conejos. Los del norte tenían un río y pozos llenos de agua, con un paisaje con algunas áreas verdes, pero dominado por piedras y abrojos, mientras los sureños gozaban de hermosos pastos que se mantenían verdes gracias a las frecuentes lluvias del lugar, pues no tenían ríos. Todos estaban felices como perdices -bueno, como conejos felices-, hasta que llegó una sequía que afectó los pastos y secó los ríos. Cada día había menos alimento para los dos grupos hasta que uno de sus líderes convocó a todos a una reunión. “Si no nos ayudamos mutuamente, todos moriremos”, sentenció. A pesar de que hubo resistencia y desconfianza, reconocieron que la colaboración era la única salida. Los del norte dieron acceso a los del sur a sus pozos, mientras estos les ayudaron a limpiar los espinales y les ofrecieron del pasto que aún tenían y semillas para sembrar. Descubrieron que sus diferencias y contrastes, al sumarlas, se convertían en sus fortalezas. De esta manera, estos conejos aprendieron que la fraternidad no busca que seamos iguales, sino que nos colaboremos y respetemos mutuamente.
Sabemos que esta fábula es para niños, pero su moraleja no deja de ser aleccionadora. Si prefieren la cita de un adulto, aquí les va una del apóstol Santiago, “En fin, el fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz”. Mientras, el apóstol Pablo nos invitó: “Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos”.
Seamos como esos jóvenes olímpicos que compitieron, tanto para ganar como para gozar de la alegría de la fraternidad.



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