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  • Foto del escritorEditorial Semana

La amistad, un tesoro divino


Por: Lilliam Maldonado Cordero


“El encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: si se produce alguna reacción, ambas se transforman.” Esta cita es atribuida al influyente psiquiatra y psicoanalista suizo, Carl Gustav Jung, padre de la psicología analítica, quien sugiere de forma concisa ciertas concepciones sociales, como el “amor a primera vista” o enamoramiento, o el sentimiento de “tener química” al momento de conocer una persona que termina siendo una amistad duradera.


Tanto la frase de Jung como las expresiones folclóricas arriba mencionadas, que se manifiestan con una sensación de aceleración del corazón o las “mariposas en el estómago”, mantienen dividida a la comunidad científica y los académicos. Mientras unos opinan que el enamoramiento en un primer encuentro tiene base científica, otros lo atribuyen a la ilusión.


Por otra parte, está el tema de las amistades duraderas. Un estudio de la Universidad de Princeton de 2006, publicado en la revista Psychological Science, propone que las personas nos formamos la primera impresión de otra en solo segundos, a partir de lo que observamos en su rostro. Según el estudio, un contacto prolongado no parece alterar esta percepción inicial.


Investigaciones más recientes apuntan a que podría existir la “amistad a primera vista”. Todo se basa en la manera en que se forman las primeras impresiones. Un estudio de la doctora en psicología Adela Lasierra, del Instituto Europeo de Psicología Positiva, apunta que las personas elaboramos prejuicios rápidamente mediante las inferencias sobre el origen o lugar de procedencia de la persona, y la manera en que nuestros prejuicios perciben, por ejemplo, su forma de vestir. También, evaluamos y valoramos su comportamiento, y la comunicación verbal y no verbal. Toda esa información activa partes de nuestro cerebro cuya función es producir estímulos emocionales. Esa transacción es tan rápida que podemos evaluar a una persona de forma inmediata y parece estar por encima, incluso, que compartir opiniones o gustos en común. Quizás por eso es veraz el dicho de nuestras madres, “nunca se tiene una segunda ocasión para dar una primera impresión”.


Nuestra memoria sobre eventos y personas similares a la recientemente conocida también sientan la base para fomentar esa nueva amistad. Más adelante, buscamos identificar valores en la otra persona, como la confianza, la lealtad, la sinceridad, el respeto y el compromiso, y estos se van validando con el paso del tiempo y la experiencia. Es en ese proceso de validación que se atesoran y mantienen vínculos íntimos con unos amigos más que con otros, a pesar de la distancia y el tiempo, y se viven procesos transformacionales profundos, aprendiendo y desaprendiendo conceptos, gustos y preferencias. Como resumió Jung, igual que pasa con el contacto de dos sustancias químicas, se produce una reacción, y ambas se transforman.


Dicho esto, hay ocasiones cuando las desilusiones, la desconfianza y el distanciamiento nos hacen perder el contacto con aquellos que estimamos, y que han sido fuente de apoyo y solidaridad. No permitamos que el tiempo y la distancia encallezcan nuestros afectos, ni perdamos esa habilidad que teníamos, temprano en la vida, de abrirnos a otros con confianza y sinceridad.


La capacidad que tenemos para establecer y sostener relaciones de amistad debe ser como mantenernos en movimiento para ejercitar los músculos y evitar su anquilosamiento. Por eso, si te has acordado de una buena amiga con quien no hablas hace un tiempo, procúrala.

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