• Editorial Semana

La corrupción del bipartidismo colonial


Por: Prof. Luis Dómenech Sepúlveda


“Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por el dinero” (Voltaire)


Como miembro del Partido Independentista Puertorriqueño, institución fundada en 1946 sin que se le haya podido acusar tan siquiera de un solo acto de corrupción pública, me siento en la libertad moral de expresar nuestro repudio ante la ola de corrupción del bipartidismo colonial. Es decir, nunca he votado por un corrupto y mucho menos por los apologistas del inmovilismo y el anexionismo antipatriótico. Igualmente repudiamos la inacción y negligencia de nuestro Departamento de Justica motivado por sus conflictos de intereses permitiendo con ello el protagonismo del FBI en las investigaciones y arrestos de los delincuentes gubernamentales. Ello demuestra el grado de subyugación colonial a la que ha sido sometido por las autoridades federales.


Aunque ambos partidos poseen su propio historial delictivo, no es menos cierto que el anexionismo lleva la delantera ante su voluminoso expediente de corrupción pública desde su incursión en Fortaleza en 1968. Aunque no tenemos espacio para inventariar el historial de cada partido durante los pasados 50 años, no es menos cierto que el expediente delictivo del anexionismo es mucho más voluminoso. Por esa alfombra han desfilado dos secretarios de educación y múltiples legisladores, alcaldes y tantos otros funcionarios públicos defraudando la confianza del electorado puertorriqueño. Hay quienes sostienen que el PNP daría lo que no tiene por el regreso a fiscalía federal de Rosa Emilia Rodríguez.


La corrupción es un lastre antipatriótico que raya en la traición. Ello no solo destruye la honradez y reputación de todo un País sino que implica pérdidas millonarias para el tesoro público. Un estudio del Colegio de Contadores Públicos Autorizados sostiene que la corrupción en 2018 alcanzó los $2,000 millones de pérdidas del presupuesto de Puerto Rico. Y lo frustrante de todo ello son las ridículas condenas impuestas a los convictos tras haber traicionado la confianza del pueblo. Todo parece indicar que la ambición de poder no solamente atrae a los “corruptibles” sino que el bipartidismo colonial se ha convertido en un nido de perversidad en busca de jugosos salarios, repartición de recursos a los amigos del alma y enriquecimiento personal por aquello de que el que reparte le toca la mejor parte.


Pero no nos equivoquemos. Tan corruptos son los que le roban descaradamente al pueblo como los que guardan silencio y los deshonestos intelectuales, entiéndase los mentirosos compulsivos. Igualmente repudiable resulta pretender justificar la corrupción con el argumento de habérsele reducido las dietas, vehículos y otras regalías a los “honorables” representantes y senadores del Capitolio. Esa postura de la autoría del flamante legislador inmovilista, Tatito Hernández, representa francamente el colmo del cinismo y depravación pública. Lo increíble de todo ello es que el electorado continúe depositando su confianza en ese bipartidismo amoral, improductivo y corrupto.


Como dijera Marco Tulio Cicerón, antiguo jurista, orador, escritor y filosofo romano: “Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral sino criminal y abominable”.

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