• Editorial Semana

La lealtad


Por: Lilliam Maldonado Cordero


El compromiso que contraemos, de forma voluntaria, de ser fieles y defender aquello en lo que creemos y aquellos en quienes creemos se conoce como lealtad.


Algunos filósofos no creen que se pueda ser leal a instituciones o conjuntos de cosas, pues atribuyen esta virtud exclusivamente a las relaciones humanas e interpersonales. Sin embargo, en términos generales, muchos sentimos un deber de lealtad hacia una organización, un principio moral, una comunidad o el país. En el caso de la lealtad al país del cual sentimos ser parte se define como patriotismo.


Algunas personas piensan que el simple hecho de demostrar amistad hacia otras es signo de lealtad. Sin embargo, si en dicha relación no existe respeto, honradez, sinceridad, amor y desprendimiento, siempre desde el marco de la honestidad, no necesariamente se configura la lealtad como valor ético que defina dicha relación. Para ser más precisos, no se es leal si hay manifestaciones de maltrato físico o psicológico hacia el otro, si no se es fiel en una relación, si se incumple con los compromisos contraídos y si existe insinceridad.


La lealtad fomenta un vínculo afectivo y ético que se nutre de la confianza. Muchos sabemos que la confianza es un principio muy frágil que debe protegerse con mucho celo en las relaciones interpersonales e institucionales. La confianza, como mejor podría describirse, es semejante a un recipiente de cristal o de barro. Su propósito es ofrecer la capacidad de recoger y mantener su contenido por un tiempo indefinido, ya sea una relación de amistad, profesional, familiar o amorosa, un secreto o un requerimiento de confidencialidad contractual. Si, como consecuencia de un descuido o de forma intencional, ese vaso llamado “confianza” se rompe, jamás volverá a su estado original. Las cicatrices serán visibles, aunque se trate de reparar y, seguramente, perderá su propósito para siempre.


También, debemos mirar la lealtad como un principio ético que podría tener consecuencias, más allá de las relaciones interpersonales. Algunos piensan que la lealtad es tan incondicional que puede dar espacio al sometimiento y el cumplimiento de ciertas consideraciones muy distanciadas de las normas éticas y morales que nos sujetan como componentes sociales. Si en una relación cualquiera existe la expectativa de sometimiento y supeditación, especialmente contra las creencias o principios del otro, su bienestar físico o emocional, o si esta representa daño a terceros, urge hacer un avalúo de la calidad de dicha relación y si hay lealtad de por medio. Es preciso tener cuidado si la expectativa de nuestra lealtad -de forma explícita, física, implícita o emocional- tiene la intención de hacer daño a otros o si su fin es la destrucción de personas o instituciones, pues esto es constitutivo de complicidad. Todos conocemos ejemplos en los cuales el autor intelectual de un delito implica a terceras personas, quienes por un sentido equivocado de lealtad, se prestan para actuar de forma inmoral, antiética y hasta criminal.


Si, en el balance de las cosas, sabemos o sospechamos que una amistad, relación familiar o profesional actúa en contra de nuestros deseos y en detrimento de nuestra dignidad o la de otros, es momento de escuchar nuestro fuero interno y salir en defensa de nuestra autoestima y amor propio. Al momento de formalizar lealtades, debemos hacerlo primero por nuestra propia integridad. Recordemos que puede haber confianza sin lealtad, pero la lealtad sin confianza no sobrevive.