• Editorial Semana

La Mujer Puertorriqueña


Por: Dr. Francisco Rivera Lizardi

riveralizardi@yahoo.com


Mi padre me regaló muchos libros. En la niñez recibí el primero: El Pirata Barba Azul. Del francés Perrault, traducido al castellano. De la niñez escolar nunca olvido su regalo: Corazón, de Edmundo d’Amisis. Me lo regalo cuando vio a su hijo, al que llamaban Sahorí, Salpiche y Fascistor, (Presentao), quedarse una hora quieto y sin moverse, muy atento a la radio actuación de la novela Corazón. Le llamó la atención y compró el libro y lo puso en mis manos. Fui el primer niño de cuarto grado de la Escuela Elemental José de Diego de Caguas, en leer una novela. Italiana, además. En la adolescencia, mientras estudiaba en la Escuela Superior Gautier Benítez, me regaló ALTURAS DE AMÉRICA excelente poemario de Don Luis Llorens Torres. Casi me lo aprendí de memoria. Me acompañó a Madrid, durante los estudios de Medicina. Su principal obra, La Mujer Puertorriqueña, siempre ha sido mi favorita. Por lo bien que me la describe. Hoy la hago llegar a ustedes.


“Mujer de la tierra mía. Venus y a un tiempo María de la India Occidental. Vengo a cantar la poesía de tu gracia tropical. Mujer de carne de flor. Dueña del manso cordero. Digna de que un ruiseñor bajo el claro de un lucero te cante un canto de amor. Eres bella entre las bellas, lo mismo cuando el sol brilla sobre tus carnes doncellas que cuando el cielo te mira con sus mil ojos de estrellas. Siembra lirios en tu piel la luz plata de tus ojos y la copa de un clavel llena de sangre y de miel se rompe en tus labios rojos. Ondulas como la llama dormida en el pebetero, cuando a través de las ramas el resplandor del lucero baja y te besa en la cama.


Los gnomos que te dan a beber agua encantada cuecen tu cena y tu pan en la roja llamarada del árbol de flamboyán. La isla te brinda un caney. Y por baño una cascada... Y por patio y por batey la más aterciopelada de las lomas de Cayey. En Cabo Rojo se excava y se busca para ti el más brillante rubí hecho de carne brava del Pirata Cofresí.


Quiero en etérea ascensión y dejando en el cielo huellas, subir al cielo y allí, retar y vencer a Orión. Y traerte el cinturón ensangrentado de estrellas. Y en la mar azul turquí, donde naufragó la Atlanta, llegar al fondo y de allí, volver con el pez que canta para que te cante a ti. Por que tu amor no se abraza al escudo del Tío Sam. Tú eres reina de la raza. Digna de entrar a la plaza por la Puerta de San Juan. Digna de que en la bahía te haga honores militares la heroica marinería que pudo surcar los mares en la nao Santa María. Digna de que otro Cortez en otra epopeya ibérica, queme las naos otra vez por conquistar otra América para ponerla a tus pies. Digna de que don Juan Ponce, don Juan Ponce de León: en su estatua se desgonce… Cual si aún dentro del bronce le latiera el corazón. Tú eres reina de la raza.


Quién me diera la realeza de los homéricos reyes, para incendiar la maleza y echar al fuego… ¡Cien bueyes en honor a tu belleza! Y porque atruene los mares el grito que dé en la selva el fruto de tus hijares: Quiero que al nacer lo envuelvas… ¡En la bandera de Lares!”

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