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Las dos caras del colonizado boricua


Por: Prof. Luis Dómenech Sepúlveda


Señalaba Albert Memmi en su libro “El Retrato del Colonizado”, que el mayor triunfo de los imperios ha sido su capacidad histórica para enseñar al colonizado incondicional a devaluarse y degradarse a sí mismo al percibirse como un ser inferior e impotente ante la presencia del implacable colonizador. Ello explica la frase tan hiriente y vergonzosa expresada por las huestes del anexionismo puertorriqueño cuando sostienen “qué sería de nosotros sin los americanos”. Ello, en su burdo empeño de convertir a Puerto Rico en el estado 51 de la metrópolis. Así las cosas, el anexionismo antipatriota de Puerto Rico no tan solo continúa reafirmando su vocación colonial, sino que pretende convertir a nuestro País en Estado 51 esperanzados de que ello significa un diluvio permanente de dólares y centavos.


Y, por supuesto, la historia del colonizado boricua tiene su propia génesis. Desde la conquista de Puerto Rico en 1898, los puertorriqueños, ilusionados por las dádivas, lentejas y privilegios, se han dividido en dos grandes movimientos coloniales: (1) los republicanos incondicionales dirigidos a principios del Siglo 20 por el Dr. José Celso Barbosa, los cuales reclamaban la anexión de Puerto Rico inmediatamente porque entendían entonces, como lo entienden ahora, que la metrópolis significa ropa, zapato, casa y comida, y (2) los autonomistas pro americanos dirigidos por Luis Muñoz Rivera que, aunque gozaban de un fuerte sentimiento purtorriqueñista, en esencia no querían la estadidad inmediatamente, sino más tarde en la historia.


Desde luego, tan colonizado es el uno como lo es el otro. No debemos perder de perspectiva el hecho de que las dos vertientes coloniales, entiéndase rojos y azules, han demostrado ser ‘tal para cual’. De ahí el bipartidismo colonial y oportunista de nuestros tiempos cuando ambas colectividades atesoran la ciudadanía estadounidense al punto de catalogarla como el componente existencial más indispensable de nuestras vidas. Se olvidan de que más de 8 billones de seres humanos ocupan el planeta Tierra y la abrumadora mayoría de ellos no posee la ciudadanía estadounidense. Sin embargo, la abrumadora mayoría de los hombres y mujeres del mundo contemporáneo no solamente ha logrado vivir en prosperidad, sino que han alcanzado altos niveles de educación, desarrollo sostenido y calidad de vida en paz y armonía con los demás países del mundo.


Pero el colonizado no solo atesora la ciudadanía estadounidense, sino también la unión permanente, la moneda común, la defensa común y la glorificación de la dependencia de ayudas federales para perpetuar el colonialismo pernicioso por aquello de que resultaría imposible para los puertorriqueños sobrevivir sin la mano caritativa de la metrópolis. Ello, en detrimento del derecho de los puertorriqueños no solo a gobernarse a sí mismos, sino a ser autosuficientes, productivos, creativos y capaces de convertirnos en un país verdaderamente democrático, justo y solidario. Todo ello en paz y armonía con los demás países libres y soberanos del hemisferio.


Ya lo dijo Ramón Emeterio Betances: “No es que ellos sean más grandes, es que estamos de rodillas”. ¡Levantémonos!

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