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  • Foto del escritorEditorial Semana

Las religiones como gancho electorero




Por: Prof. Luis Dómenech Sepúlveda


De partida, favorecemos sin reservas la separación de “Iglesia y Estado” por entender que los gobiernos son un ente constitucional diseñados para organizar, dirigir y administrar el bien común sin ataduras teológicas. Igualmente, entendemos que los gobiernos democráticos, más allá de reconocer la autonomía y el derecho de las religiones a predicar sus preceptos y enseñanzas de fe, deben mantenerse totalmente desvinculados de toda intervención religiosa, particularmente cuando se trata de establecer la política pública de los pueblos. Dicho en otras palabras, los gobiernos democráticos se deben a los pueblos sin importar la diversidad de creencias y afiliaciones religiosas.


Establecida nuestra premisa, resulta francamente contradictorio el hecho irrefutable de que las religiones de diversas denominaciones se hayan dejado seducir y manipular por líderes de la política neoliberalista que representan, en la mayoría de los casos, los estilos de gobierno más deshonestos, perversos, inescrupulosos y corruptos cuyo enfoque primario es el bienestar del capitalismo depredador de nuestros tiempos en abierta oposición al desarrollo humano. Evidentemente, algunos religiosos no han querido percatarse del hecho irrefutable de que se trata de políticos del neoliberalismo amoral que representan lo más deplorable del espectro político contemporáneo. Éstos son los mismos que fomentan la pobreza, la marginación, la desigualdad y la descomposición social que nos consume a fuego lento al carecer de la tan indispensable “moral social” propulsada por el prócer puertorriqueño, Eugenio María de Hostos.


La experiencia nos ha enseñado que estos gobiernos no solamente representan el más abyecto “derechismo” gubernamental, sino que su objetivo primario es servirse del pueblo no solamente para enriquecimiento personal, sino también para beneficio y beneplácito de sus amigos del alma y las oligarquías desalmadas que controlan más del 95% de la riqueza mundial.


Como se sabe, los gobiernos esencialmente conservadores, fundamentalistas o extremistas resultan ser predominantemente anti obreros, xenofóbicos, homofóbicos, misóginos y represivos contra los trabajadores y todos aquellos que representen la oposición ideológica. Estos son los gobiernos cuya política pública se fundamenta en (1) achicar el gobierno, (2) congelar los salarios (3) violentar los derechos humanos (4) cerrar escuelas públicas, (5) vender el patrimonio nacional y (6) privatizar la enseñanza. Todo ello en detrimento de la abrumadora mayoría de la ciudadanía.


Desde luego, cabe recordar que, desde la Edad Media a esta fecha, el cristianismo ha sido una de las instituciones teológicas más interesadas en la educación de la niñez, así como también de los derechos humanos. Sin embargo, nadie puede negar el hecho histórico de que la imposición de la “sagrada inquisición” ha sido uno de los crímenes más deplorables de la historia humana. Ello, producto del fanatismo y autoritarismo religioso. De ahí que los Papas, Juan Pablo II y Francisco hayan pedido perdón por los actos represivos de la Iglesia contra los pueblos. Por tanto, favorezcamos sin reservas la “separación de Iglesia y Estado” por las razones anteriormente expuestas.


Como dijera el proverbio chino: “Los pueblos que eligen gobiernos corruptos e inescrupulosos no son víctimas, son cómplices”.

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