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  • Foto del escritorEditorial Semana

Los lobos, los perros y las ovejas


Por: Lilliam Maldonado Cordero


Cuenta una fábula que, hace muchos años, una manada de lobos se esforzaban por atrapar las ovejas de un gran rebaño. Pero, gracias a los aguerridos perros guardianes que las protegían y guiaban, no lo consiguieron a pesar de haberlo intentado en varias ocasiones. Frustrados, los lobos decidieron usar su malicia y enviaron unos intermediarios a negociar con las ovejas para pedirles que les entregaran a sus perros guardianes, alegando que los perros eran los responsables de que los lobos y las ovejas vivieran enemistados.


El líder de los lobos hizo una oferta a las ovejas diciéndoles que si ellas les entregaban sus perros guardianes, la paz reinaría entre ambos. Las ovejas, que también se sentían hostigadas por los perros porque las dirigían por los caminos de forma ordenada cuando ellas lo que deseaban era correr libres por la campiña, no se detuvieron a pensar que estos las estaban protegiendo de los lobos, dirigiéndolas por caminos seguros para pastar, tomar agua fresca y devolverlas al cuidado de sus dueños cada tarde. Un día las ovejas incautas, sin pensar en las consecuencias, acorralaron a sus perros guardianes y se los entregaron a los lobos. Una vez los lobos se sintieron libres de los perros, se apoderaron de las ovejas y dispusieron de ellas como quisieron.


Al igual que las ovejas de la fábula, los seres humanos nos sentimos abrumados por quienes asumen la responsabilidad de guiarnos, sostenernos y ejercer con disciplina deberes y facultades que muchas personas no acometerían por el bien del “rebaño”.


Como hijos e hijas, recordaremos que durante nuestra incipiente juventud resentíamos los consejos de nuestras madres y padres, escudándonos detrás de nuestros reclamos de libertad. “Ya soy adulta”, recitábamos con autoridad, sin reflexionar que la libertad es un privilegio muy costoso: conlleva enormes riesgos y responsabilidades. Esto es un hecho que, una vez maduramos, recordamos y atesoramos en nuestra memoria con la nostalgia del desenfado de haber vivido protegidos por aquellos “perros guardianes”: nuestros padres y madres, abuelas y abuelos, tías y todos esos seres que nos guiaban y protegían.


También, como miembros de un componente social, estamos rodeados de lobos que buscan minar a aquellos perros guardianes que, en muchas ocasiones de manera desprendida y desinteresada, nos protegen y luchan desde sus trincheras por nosotros. Los lobos buscan dividir y destruir. Esto podemos observarlo tanto en el contexto familiar y profesional, como en nuestro devenir cotidiano, cuando personas de manera expresa buscan entorpecer la faena de quienes, de manera desprendida y voluntaria, persiguen una mejor vida para todos los miembros de nuestro componente social.


Esto no solo se hace patente en los ataques a esos perros guardianes que defienden nuestros recursos naturales de amenazas que buscan capitalizarlos y monetizarlos para beneficio de unos pocos, sin importar las consecuencias a mediano y largo plazo contra la especie humana. También aplica a las organizaciones que luchan por la equidad de todos y todas. Históricamente, gracias a ellos disfrutamos de aire limpio -a pesar de los esfuerzos de grandes intereses por su destrucción-, agua potable para ahora y futuras generaciones, el derecho al voto de los negros y las mujeres, y muchos otros logros.


Atesoremos la faena de esos perros guardianes que demuestran su desprendimiento y compromiso con todos, ya sean nuestros familiares como aquellos amigos que prueban con su testimonio su lealtad y quienes dan la lucha por la equidad y la justicia.


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