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  • Foto del escritorEditorial Semana

Mucho más que calor


Por: Lilliam Maldonado Cordero


Por primera vez en nuestra historia reciente en Puerto Rico se han registrado temperaturas que, medidas por el índice de calor, han alcanzado hasta 125 grados Fahrenheit en algunas partes de la isla. En otros lugares como Phoenix, Arizona, se han registrado 10 días corridos de temperaturas superiores a los 110 grados. Hace unas semanas que los cielos de Washington D.C. y Nueva York se pintaron color naranja a raíz de devastadores fuegos forestales que originaron en Canadá. Estados Unidos y Puerto Rico no solo están reportando fatalidades por las temperaturas altas. En India se estiman las muertes en cerca de 200 asociadas a esta ola de calor. También se han afectado las poblaciones en el Pacífico Nororiental, Asia y grandes partes de China.


El fenómeno de calor extremo es considerado como el más mortal y peligroso, pues es muy fácil de subestimar. Distinto a las vigilancias y los avisos de huracanes, las lluvias copiosas o los fenómenos de El Niño y La Niña, descartamos los riesgos producidos por el calor extremo como una cualidad normal del trópico, cuando la verdad es que no habíamos vivido bajo condiciones de temperaturas tan altas. Estas olas de calor son cada vez más frecuentes. De acuerdo con la NOAA, entre 2010 y 2020 estas promediaban 2 cada año; ahora son más frecuentes, prolongadas e intensas, por lo tanto, poseen un potencial peligroso de mortalidad y fatalidad para la vida, incluyendo la humana.


Estas altas temperaturas, que este año se atribuyen al Fenómeno de El Niño, son producto del cambio climático. En el caso del Océano Atlántico, las consecuencias de esta ola de calor traerá consecuencias amplias y fatales para el planeta, especialmente para nuestro país. El Atlántico está “hirviendo” de calor, lo que está afectando la vida marina y reduciendo la capacidad del océano de absorber la contaminación ambiental.


Otra amenaza a la vida en Puerto Rico por el efecto del calor extremo es el blanqueamiento de los arrecifes de coral. Estos sistemas son importantes por su biodiversidad pues albergan un gran número de peces y otra vida marina. También, son una barrera para proteger la isla de las olas rompientes junto a los manglares y las dunas. Sin estos sistemas, nuestras costas estarían mucho más expuestas a los insultos de los ciclones, permitiendo la entrada de olas a las áreas costeras, poniendo en mayor riesgo la vida y propiedad.


La afectación de los arrecifes de coral también supone un riesgo a la industria de la pesca, que se estima genera unos $2,000 millones en ingresos combinados, teniendo consecuencias financieras, sociales y ambientales. Es conocido que nuestro país no es autosuficiente alimentariamente, distintos a otros. Esto no tiene absolutamente nada que ver con el tamaño o características geográficas de ser una isla. La hermana República Dominicana, por ejemplo, produce prácticamente todos los productos que consume y también los exporta a otros países, incluso el nuestro.


Como vemos, el calentamiento global y las temperaturas peligrosamente altas no solo resultan en un inconveniente que podemos resolver encendiendo un acondicionador de aire o pasando una tarde en la playa o la piscina. Sus consecuencias son trascendentales para nuestra capacidad de supervivencia. Por ello, debemos aplicar prácticas responsables en el uso de la energía y requerir a nuestros gobiernos transicionar a energías renovables y limpias, así como la instauración urgente de estrategias dirigidas a la autosuficiencia alimentaria.

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