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  • Foto del escritorEditorial Semana

Pactemos con nuestras tradiciones




Por: Lilliam Maldonado Cordero


Las tradiciones son el ejercicio de los pueblos para conservar su perfil único. Son el vehículo para fortalecer y crear conexiones con nuestras raíces culturales y religiosas, siendo la navidad la más preciada.


Gracias a las tradiciones mantenemos un vínculo entre nuestro pasado y el presente, y con nuestros hermanos que viven en la diáspora. Mucho de lo que somos es el resultado de las vivencias, los valores, la historia y la cultura común que nos han ido forjando. Por esto, aunque varios pueblos estamos enlazados por vínculos fuertes, como los países hispanos y latinos que mantenemos un mismo trasfondo histórico, una misma lengua e igual conciencia o fe, expresamos nuestras tradiciones con ciertas particularidades.


Antes de Acción de Gracias hasta las Fiestas de la Calle San Sebastián -también conocidas como La Sanse para las generaciones nuevas- en Puerto Rico nos embarcamos en cuarenta y cinco días de luces, música, celebraciones y manjares. Dejando atrás el desabrido pavo de noviembre nos preparamos para la Nochebuena, que es la víspera del nacimiento de Jesús, eje y propósito de la Navidad. En el pasado, los mayorcitos recibíamos dulces o algún regalito del Niñito Jesús esa noche milagrosa.


Con el pasar de las décadas, y resultado de la influencia de la cultura estadounidense en la nuestra, la Nochebuena ha incluido a Santa Clos como parte de estas fiestas. Esto no está del todo mal, pues es otra oportunidad para fomentar la ilusión de los niños y aprovechar para que afinen la conducta a cambio de regalos. Sin embargo, también es un espacio para que las mamás y los papás, los abuelos y las titís enseñemos a las nuevas generaciones que sin el Niñito Jesús no habría Navidad. Así de sencillo.


Algunas semanas antes de la Nochebuena, podemos apreciar en nuestro cielo caribeño cómo la Estrella de Belén se va asomando para anunciar el nacimiento del preciado Niño. Ese fue el mismo astro que señaló el camino hacia el pesebre que acunó a Jesús para que los humildes pastores de Belén lo conocieran acabadito de nacer, y luego mostró la senda a tres reyes de oriente que querían llegar a él para adorarlo. Desde entonces, año tras año, este lucero ha marcado la ruta de los Tres Santos Reyes para que lleguen a tiempo en la Epifanía, la primera semana de cada año nuevo, hasta el hogar de todo aquel que tenga fe en este milagro. Este hecho debe tener respaldo científico, porque en una noche clara es fácil divisarlos iluminando el firmamento, uno detrás del otro: son Melchor, Gaspar y Baltazar, los tres poderosos reyes que se han dado a la tarea de revivir cada año ese nacimiento prodigioso para compartir dádivas de alegría e ilusiones a cada niña y niño puertorriqueño.


Así, desde la alegría del corazón y de cada hogar, pintados los rostros por la mágica luz de las luminarias coloridas, gozando del fragante olor a nuestros más preciados platos, cantando El Villancico del Yaucano como nana, amaneciéndonos para celebrar las misas de Aguinaldo en espera de otro nacimiento del Hijo del Dios Viviente, Admirable, Rey de Reyes, acometamos nuestras tradiciones dándoles sentido trascendiendo el consumismo, dejando atrás la prisa y abrazando con mucho orgullo los siglos que nos ha tomado cosechar estas tradiciones. Que no sean las más largas solamente, sino las de mayor propósito.

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