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Plácido a Diario y Guanábano

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 25 jun
  • 3 min de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

Al pie de la ventana de mi cuarto hay un palo de guanábana, uno de los frutos más raros en apariencia, pero sabrosos y con propiedades curativas. El muy ingrato tendrá muchas virtudes, pero ser prolífico no es una de ellas. Todos los años le hablo y le advierto que lo voy a mandar al cielo de los árboles si no produce algo y, es cierto que las plantas escuchan porque, aunque pujadas, nos regala 4 o 5 guanábanas.


Como le tengo confianza después de tantos años de amistad no le llamo por su nombre formal, Annona muricata. Ahora, Guanábano (con mayúscula, porque así lo he bautizado) acogió un inquilino cantor que se inspira con una precisión odiosa cada madrugada, entre 3:30am y 3:50am hasta que sale el sol. No sé mucho de pájaros. Puedo reconocer al guaraguao, al pitirre, al pavo, la cotorra puertorriqueña, una paloma, al pollo (lo prefiero guisado), al gallo, la gallina… o al último Dodo Parlante de los Picapiedras. De ahí no paso, porque la clase de ornitología (o “pajarología”) la tengo reprobada. Esto no quiere decir que no sienta cierta admiración o respeto por quienes dedican horas muertas mirando por unos binoculares “a ver si ven” entre la flora a este o aquel pájaro. Estar pendiente y susurrar: “mira, allí hay un Melanerpes portoricensis” o “acabo de ver un Todus mexicanus”, no me nace. No es que no me gusten las aves, es que es un gusto adquirido. 


Volviendo a Guanábano y su ocupa, el pajarito, los dos me llevan por el camino de la amargura. No importa si llueve o no llueve, si hace frío o calor, si hay viento o la nube del Sahara nos cubre, he desarrollado un síndrome de estrés tan severo que ya a las 3:30am me despierto con la expectativa del canto continuo de Plácido a Diario. Bueno, le he llamado Plácido a Diario, por Plácido Domingo, pero como el canta todas las madrugadas, no amerita más explicación.


Puntual, como siempre, Plácido a Diario se ha lucido como un campeón esta madrugada. Tanto, que por momentos pensé que se iba a morir, porque no paraba ni para respirar. En su canto diario puedo distinguir claramente que dice: “¡Titi Vivi, Titi Lili!, ¡Titi Vivi, Titi Lili!”, como si mis nietas estuvieran llamando una y otra vez a dos de sus tías. Y aunque me acuerde a las nietas que adoro, Plácido a Diario se está pasando siete pueblos. 


Para poder sobrevivir la madrugada y recuperar al dios Hipnos, mi esposo me dio la recomendación de ensalchichar la cabeza entre dos almohadas, lo cual hago con cierto fracaso porque, aunque menos, como quiera lo escucho, pero despierto sofocada en cuanto me empiezo a dormir.  


Curiosa, he pensado buscar en Internet qué ave será. Creo que hay una app que, si “escucha” su canto, me puede decir qué pájaro es, pero va y le cojo cariño si intimo mucho con su “persona” y acabo en una rama de Guanábano haciéndole coro. 


No sé los años que dure Guanábano o cuánto tiempo vivirá Plácido a Diario en mi ventana. Seguramente, como todo en la vida, cuando no estén los echaré de menos. Por ahora, seguiré amenazando de muerte al palo para que eche guanábanas y al pajarito inoportuno lo tendré que soportar hasta que Dios llame a Guanábano… o a él. 

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