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  • Foto del escritorEditorial Semana

Plan de contingencia de emergencias, ¿para cuándo?


Por: Jesús Santa Rodríguez


Estamos en septiembre de 2023 y el gobierno sigue cantándole un “duérmete nene” al pueblo, mientras normaliza la incompetencia de los responsables que no ponen en marcha la fracasada recuperación de los sistemas de transmisión y generación eléctrica, así como la reconstrucción de las infraestructuras viales y escuelas. Tampoco ha exigido a sus funcionarios la presentación de los planes de contingencia de emergencias y salud para enfrentar y recuperarnos de eventos devastadores, como si estuviéramos exentos de volver a padecerlos.


Entretanto, el planeta no cesa de darnos recordatorios. Vemos con angustia el resultado del trágico terremoto reportado recientemente en Marruecos, que señala la vulnerabilidad en la que nos encontramos quienes residimos en nuestra isla, ubicada entre varias fallas terrestres. A esto, hay que sumarle nuestra posición geográfica en plena ruta de los ciclones en el océano Atlántico.


Como miembros de la única especie racional del planeta, la humana, no solo debemos empeñar nuestros pensamientos positivos y oraciones para con nuestros hermanos marroquíes, sino que necesitamos transformar los buenos deseos en acciones materiales. En la medida de lo posible, colaboremos con las organizaciones de voluntarios que se están movilizando para llevar alivio a los que sufren por la desesperanza y la devastación que acarrea la pérdida de familiares, miles de heridos y quienes han quedado sin un techo que los cobije.


En nuestro caso, también nos encontramos en un área sísmica rodeada de fallas geológicas que reporta mucha actividad. A pesar de que durante más de cien años nuestra isla no había experimentado terremotos significativos ni sus secuelas, en 2020 recibimos un recordatorio de que nuestra región está en continua evolución, sujeta a movimientos telúricos con potencial de ocasionar daños severos, pérdida de vida y propiedad.


Por otra parte, aunque hemos aprendido a anticipar cuándo podrían afectarnos eventos atmosféricos, al parecer esto no es suficiente, pues nunca estamos preparados debidamente arriesgándonos a resultados potenciales que podrían ser tan destructivos a corto, mediano y largo plazo como un terremoto a gran escala. La diferencia estriba en cuán prevenidos estemos para proteger vida y propiedad, y cuán efectivos y eficientes sean los planes de recuperación y reconstrucción, y esto parece que para nuestro gobierno es igual que hablarle en mandarín.


María trajo como resultado la pérdida de vida de miles, el recrudecimiento de condiciones de salud de otros miles y el éxodo de muchos más que lo perdieron todo y se fueron a contribuir con su experiencia y productividad a Estados Unidos y el mundo. Ya sabemos que después de María, los terremotos y la pandemia, Puerto Rico ha visto una reducción significativa de su población, la mayoría en sus edades más productivas.


Despachar con apologías la ineficiencia de LUMA, GeneraPR y de las dependencias del gobierno responsables de preparar y dirigir el país en caso de un evento natural nos volvería a colocar en el riesgo de perder vidas durante y después de la emergencia. Lejos de justificarlos, el gobierno tiene que exigir a sus funcionarios presentar un proyecto pragmático de recuperación y reconstrucción integrado para manejar emergencias.

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