• Editorial Semana

Porque llorar no es suficiente


Por: Lilliam Maldonado Cordero


Es muy poco probable que las palabras sean instrumento suficiente para caracterizar y, mucho menos, recoger el dolor de los familiares de las víctimas de violencia machista, así como la frustración que sentimos al conocer que otra hija, hermana, tía o madre nuestra ha sido asesinada por un hombre que no encontró otra salida para resolver sus diferencias o frustraciones que no fuera por la vía del sometimiento, el abuso y la muerte de quien fuera su compañera.


El feminicidio de una vecina de Gurabo este fin de semana es el décimo de una mujer ultimada en Puerto Rico en los últimos meses y la tercera en este pueblo. En este caso, su victimario fue mucho más lejos -si es que matar a alguien ya no lo es-, cometiendo un acto brutal para también acabar con su dignidad después de muerta.


Puerto Rico se está perfilando, alarmantemente, como uno de los países con mayor número de feminicidios, sin que los gobiernos municipales ni el estatal puedan ponerse de acuerdo sobre cómo manejar esta crisis que troncha vidas y deja familias destrozadas para siempre.


El enfoque punitivo -que parece ser el único que tiene a la mano el gobierno-, no resuelve el problema de raíz, que es un constructo de la superioridad de los hombres sobre las mujeres, y la manifestación de este por medio de la inequidad social, los prejuicios y el discrimen. Estas lacras sociales perpetúan la injusticia que vivimos a diario las mujeres.


La sociedad, por un lado, eleva sus expectativas morales respecto a las mujeres para querer acomodarnos al servicio del patriarcado, promoviendo un sistema de dominio institucionalizado dirigido a la invisibilización y subordinación de nosotras, como si fuéramos hijas de un dios menor. Nos duele ver como, desde la educación mal enfocada, se perpetúan los roles que van entronizándose en las mentes de nuestros niños y niñas, creando una diferencia estructural fundamentada en la superioridad ficticia del hombre sobre la mujer por el hecho de nacer con un sexo distinto.


A este acto ya violento que nos propone esta sociedad a las mujeres hay que sumarle la discriminación por la vía de menor paga por el mismo -o más y mejor- trabajo, la inmovilidad social y profesional, y la condena a la pobreza. Sí, a la pobreza, pues las mujeres no solo recibimos menos remuneración por el mismo trabajo realizado por un hombre, sino que la mayoría somos jefas de familia y recae sobre nosotras la educación, el sostén y el cuidado de nuestros hijos, percibiendo menos ingresos con responsabilidades multiplicadas.


La única manera de vencer nuestros “demonios” como sociedad, es hacerles frente con sabiduría. Puerto Rico sufre por innumerables crisis: de salud, infraestructuras vial y eléctrica, pobreza profunda, corrupción, educación deficiente y violencia en todas sus manifestaciones. La manera más eficiente y perdurable para transformar nuestro entorno y vencer la inequidad es la educación. Si no comenzamos a mirar la educación como el recurso esencial para darle poder y movilidad social a los más vulnerables -las mujeres, los niños, las niñas y los viejos-, continuaremos perpetuando nuestro fracaso como sociedad y privilegiando todavía más a las clases poderosas.


No es suficiente llorar a nuestras víctimas de violencia machista. Comencemos a educar formalmente sobre la equidad, y sobre la justicia encarnada en el respeto a las diferencias y el derecho de todas y todos a una vida digna.