• Editorial Semana

Puerto Rico ante la adversidad


Por: Prof. Luis Dómenech Sepúlveda


“Estoy muy triste para reír y muy cansado para llorar”.

(Adlai Stevenson)


Francamente, el 2020 ha sido uno de los años más implacables y devastadores tanto a nivel mundial como en el archipiélago puertorriqueño. Ello fue provocado mayormente, aunque no exclusivamente, por el siniestro coronavirus desparramado por el planeta Tierra desde las postrimerías del 2019. Solo la “gripe española” de 1918, con un saldo de más de 50 millones de fallecimientos, supera los estragos sanitarios y socioeconómicos del agónico 2020. Más aun, el coronavirus ha servido para destapar no solo la pobreza y la desigualdad social prevaleciente incluso en los países desarrollados, sino que ha quedado inequívocamente comprobado que el neoliberalismo depredador valoriza más el lucro y la salud de sus empresas que la propia vida humana. Las últimas estadísticas indican que alrededor del 70% del 1.8 millón de fallecimientos alrededor del mundo provienen mayormente de los sectores subdesarrollados, desempleados, trabajadores de bajos salarios y de alto riesgo, así como los jubilados que carecen de recursos para sus atenciones médico-hospitalarias. Se espera que la cantidad de fallecimientos a nivel mundial sobrepase los 2.5 millones antes del tan esperado milagro de la nueva vacuna.


Por su parte Estados Unidos, con toda y su riqueza y adelantos médico-científicos, se ha convertido en el epicentro mundial del coronavirus al rebasar los 335,000 fallecimientos en apenas 9 meses de cuarentena. Se anticipa que otros 100,000 pudieran morir antes de que la nueva vacuna cumpla con sus buenos oficios. Por supuesto, los expertos responsabilizan de esa catástrofe al chiflado, destemplado y derrotado presidente, Donald Trump, por haber subestimado la implacable pandemia al tiempo de transmitir a los estadounidenses sus propias arrogancias, temeridades e ignorancias salubristas.


Después de todo, queda por verse si la nueva vacuna es capaz de contrarrestar la terrible pandemia a nivel mundial. Para colmo, los ingleses y brasileños acaban de descubrir una nueva cepa de coronavirus lo que augura mayores retos sanitarios, científicos y gubernamentales.


Naturalmente, Puerto Rico no ha sido la excepción. Nuestro problema existencial se ha agudizado no solo por los estragos salubristas y socioeconómicos del coronavirus sino también por los efectos de los terremotos y los huracanes Irma y María. Súmele a ello el colapso de nuestra economía desde 2006, el desempleo y la emigración masiva, la crisis educativa, la imposición de la Junta de Control Fiscal, las ineptitudes electorales, la dependencia antipatriótica, el bipartidismo colonial y el desgobierno amoral fruto del anexionismo corrupto, inepto y renegado de nuestros tiempos. Incluso, hay quienes piensan que el colapso del Radiotelescopio de Arecibo dramatiza la culminación de esa cadena de calamidades y vicisitudes que nos ha tocado vivir durante el pasado cuatrienio.


Pero ya todo está dicho. Convirtamos las adversidades en fuentes de energía para transformarnos en un país de reconciliación nacional verdaderamente libre, emprendedor, autosuficiente, solidario e igualitario. Transformemos las penurias en faro de luz para una Patria Nueva, próspera y auténticamente democrática.


¡Feliz Año Nuevo!

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