• Editorial Semana

¡Que ni un niño llore!


Por: Myrna L. Carrión Parrilla


Recientemente en las redes sociales recibí una publicación que presentaba la imagen de un niño frente al área de estudio que tiene en su hogar. Ese niño se observa con todos sus materiales, en un ambiente de estudio adecuado, con una computadora adecuada y luce saludable, elementos todos indispensables para el bienestar de un menor en un momento como el que estamos viviendo. Al pie de la imagen se lee: niño de 5 años llora en plena clase virtual por frustración.


Honestamente, pensar que esa imagen pueda representar la verdad de muchos niños, me preocupó y ocupó. Me hizo reflexionar en cuanta responsabilidad tenemos los adultos de esas lágrimas que en un proceso como este los niños puedan tener.


La realidad es que esta generación de niños y jóvenes nacen como algunos llaman “nativos digitales”. Los nativos digitales son aquellos que nacieron en una cultura nueva, en una cultura que por mas que aunque los padres eviten sean expuestos a experiencias digitales o uso de tecnología, cuando se les da la oportunidad, fluyen en ellas como si hubiesen tenido experiencias previas. Muchos niños sus juguetes tienen elementos de tecnología y si no, basta con tener en su casa un televisor al que se expongan, aunque el mismo se haya comprado cinco o más años atrás.


De ahí, que ver llorar a un niño porque se siente frustrado ante esta experiencia de educación a distancia es preocupante, pues sus sentimientos necesariamente no deben estar únicamente relacionados a que no sepan cómo manejar una aplicación tecnológica u otra, pues ellos están aspectados al manejo de la tecnología y si les dan la oportunidad y confían en ellos verán como fluyen.


Eeducadores y especialistas en las ciencias de la conducta humana saben que los niños son como esponjas y todo lo que este en su medio ambiente lo reciben, perciben y lo proyectan. Por lo que es sumamente importante que los adultos con menores a cargo, nos aseguremos de trabajar con nosotros mismos para evitar transmitirles nuestras propias frustraciones, nuestras molestias, nuestra falta de destrezas para el manejo del cambio, nuestras preocupaciones de todo tipo ante los nuevos retos y hasta nuestra falta de confianza en un ser supremo al que debemos acudir y hacerlo formar parte de nuestra vida, al que yo llamo Dios.


Ver llorar un niño que no este agolpeado, con algún dolor, con hambre o aterrado y que sus condiciones generales sean adecuadas, es de preocupar, es para profundizar y reflexionar sobre que puede estar pasando en ese niño o niña y cual es el ambiente que tiene a su alrededor. Muchas veces los adultos no nos damos cuenta de las inseguridades que transmitimos y nos olvidamos que en el desarrollo de los niños la formación del carácter no se da con tener la mejor computadora o la mejor aplicación tecnológica. Nuestros niños y niñas, necesitan confianza en ellos y en el proceso, fe, que es la herramienta que ayuda a creer en que las cosas se podrán hacer realidad, que podrán mejorar y que ayuda a intentarlo de nuevo.


La invitación es a que los adultos no permitamos que nuestras frustraciones y preocupaciones sean transmitidas y en cambio nos ocupemos por crear en nuestro hogar un ambiente de confianza y reinvención para que ni un niño o niña llore por el manejo de este proceso que es nuestra nueva realidad.

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