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  • Foto del escritorEditorial Semana

“¿Quién ha tocado mi manto?”


Por: Lilliam Maldonado Cordero


Esta semana rememoramos la culminación del propósito de vida de uno de los personajes más influyentes y transformadores de la historia: Jesús de Nazaret.


Para quienes tenemos fe en las escrituras, el paso de Jesucristo por la historia no fue una casualidad, sino el cumplimiento de una promesa divina de devolverle a la mujer y al hombre la esperanza del milagro de la salvación y la vida eterna.


Los evangelios dan cuenta del caminar de Jesús, atribuyéndole innumerables enseñanzas basadas en la paz, la justicia y la equidad. En tiempos cuando las autoridades políticas y religiosas miraban con desdén a las mujeres, los niños, los viejos, los enfermos y los pobres, El se rodeaba de ellos, los animaba y les hacía promesas de que serían ellos -no los ricos y poderosos- quienes heredarían la tierra.


A Jesús también se le atribuyen actos sorprendentes y milagrosos, como la transformación del agua en vino, la multiplicación de alimentos, la sanidad de enfermos, incluso, la resurrección de muertos. Entre tantos actos de amor y desprendimiento, sobresale un milagro que demuestra la divinidad de Cristo en el contexto de su humanidad: la curación de la hemorroísa, una mujer que padecía de una grave enfermedad. Durante doce años dejó toda su fortuna en tratamientos médicos y curas, sin éxito. En lugar de mejorar, empeoraba.


Un día, esta mujer escuchó que Jesús llegaría a su pueblo. Ya sabía de sus prodigios, por lo que buscó acercársele para pedir que la sanara, pero Jesús estaba rodeado de un gran número de personas. Siendo ella mujer, y considerada impura por su enfermedad, se le hacía muy difícil acercársele en medio de tantos seguidores, por lo que decidió escabullirse y arrastrarse entre la gente, hasta llegar a él, convencida de que solo necesitaba tocar su vestido para ser sanada.


La fe y la acción de esta mujer se sumaron, y pudo tocar el ruedo del vestido del Maestro. Inmediatamente sintió que estaba sanada. Hasta ahí, pareciera otro milagro más, pero la maravilla de este relato alcanza el esplendor de lo divino, cuando Jesús le pregunta a sus discípulos: “¿Quién ha tocado mi manto?” Ellos le dijeron que era imposible saberlo, porque todo el mundo lo estaba tocando y empujando. “Es que ha salido virtud sanadora de mí”, les respondió.


Jesús, insistente, comenzó a mirar a su alrededor para ver quién le había tocado. La mujer, muy asustada, pero consciente de lo que había pasado, se postró a sus pies y le confesó que había sido ella. No es difícil imaginar al piadoso Señor acariciando su cabellos y secando sus lágrimas, mientras le decía: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana”.


Este milagro de Cristo es uno de los más hermosos y aleccionadores, pues consuma su humanidad y su divinidad en un mismo segundo. Su humanidad le permite saber que, entre las decenas, quizás cientos de personas que lo empujaban, había sido tocado de una forma especial, pues desde su parte divina había emanado un milagro de forma involuntaria.


Que esta Semana Santa volvamos a revestirnos de la humildad y la fe de esta mujer, que reconociendo el poder sobrenatural de Jesús, sabía que con solo tocar la orilla de su vestido sería sanada, y que, al igual que ella, recibamos su amor, paz y sanidad. Solo necesitamos tocar el ruedo de su manto milagroso.

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