• Editorial Semana

Recordando a los doctores Vargas Cordero y Buonomo


Por: Dr. Francisco Rivera Lizardi

riveralizardi@yahoo.com


José “Joe” Vargas Cordero y yo estuvimos en el mismo salón hogar del Primer Año en la Escuela Superior Gautier Benítez, Año 42-43. Emilio “Millo” Buonomo estaba en segundo año. Un día Joe me dijo: Paquito, te aceptaron en el Club de Estudiantes Católicos de la Gautier. Yo estaba consciente de que siempre fui un niño Salpiche, Zahorí y Facistol. Mis padres me dijeron que no, que ni siquiera sabía bailar. El club era famoso por sus bailes formales con orquestas de San Juan en el club de los Caballeros de Colón. Las jovencitas de clase media y alta de la sociedad de Caguas lloraban a sus madres para que las llevaran a esos bailes. Joe Vargas me dijo: Voy a hablar con tus papás esta noche. Joe habló con mucha formalidad. Decía que además de bailes había misas, algunas con desayuno y que al Club lo auspiciaba don Cipriano Manrique, presidente de los Caballeros de Colón de Caguas. Si es así como tú dices, y todos son tan formales y caballerosos como tú, está autorizado para que se inicie. El presidente era Wichi Martín. Al año siguiente el presidente electo fue Millo Buonomo, quien se distinguió por contratar a las orquestas mayagüezanas más famosas de la época, la de William Manzano y la Abdías Villarongo, que con sus buenos cantantes hicieron época en Caguas. Al tercer año Joe dirigió el club. Ya se había introducido el uso del “partner” por las muchachas, que preferían bailar con uno solo. Lo cual trajo el regalo de la bella orquídea de $5 que lucían en su pecho. Ya solíamos usar Dinner Jacquets color crema bamboo. Y trajes elegantes de Sharkskin. Se nos abrían las puertas para una vez profesionales ingresar a la conocida Fraternidad Alfa Sigma Gamma y a sus tan comentados bailes en la calle Corchado.


Millo Buonomo, Joe Vargas y yo nos hicimos médicos. Un día Joe nos invitó a sus antiguos amigos de la Gautier a almorzar en su casa. Yo llevé un cuento corto que recién terminaba, Fulgores Blanquecinos, cuyo final es: ––Llegó el séptimo día… ¡Ha salido el sol! Su esplendorosa figura destacaba en el lejano camino del regreso hasta que al fin sus pasos la acercaron de nuevo para llenar mi pupila de su presencia luminosa.


¡Maravilloso es que la presencia de una muchacha bonita pueda transformar la tibia lejanía de un atardecer en un sol resplandeciente de madrugada! Caguas 2010.


Joe me comentó. Paquito: Este cuento es una poesía. Gracias Joe, le respondí.


Un día mi mamá me habló en voz baja: Paco, el doctor Buonomo nunca me ha cobrado. Ahora, me regala los espejuelos. No debe ser. Me encontré con Millo y le hice el comentario. Paquito: me dijo ––Cuando yo era un niñito los ojitos me brillaban de alegría cuando mi mamá me decía que esa noche íbamos a visitar a tus papás Modesto y a Paulita. Al rato tu mamá había bajado a la fábrica de limbers. Ponía en mis manos de niño deslumbrado un platillo lleno de unos colores y sabores bellísimos y sabrosos. El platillo tenía un limber blanco (de coco) un limber rojo (de guayaba), un limber de chocolate, otro de queso (cremita). Otro de galletita (rosado) y otro color amarillo (de piña). Acompañado de una cucharita y varios palillos, cosa de que yo pudiera comerlos o chuparlos a gusto. Paquito, yo te digo que esos recuerdos de niño son inolvidables para mí y esas emociones no tienen precio alguno. –Te comprendo. Ella es así de buena.

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