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Salones sin estudiantes


Por: Myrna L. Carrión Parrilla


En reflexiones anteriores, he compartido cómo la experiencia del COVID- 19 nos ha requerido no sólo reinventarnos, escoger y hacer balances, sino también \adaptarnos. Durante la pasada semana, uno de los temas relevantes en términos de nuestro desarrollo social, fue el requerimiento del gobierno, para que ninguna escuela fuera pública o privada, iniciara sus clases presencialmente.


Desde que la tecnología se hizo parte de nuestra vida cotidiana, la integración de las herramientas tecnológicas ha sido parte de la discusión en el campo de la Educación. Hasta hace unos meses, preocupaba y ocupaba a educadores, médicos, sociólogos, sicólogos y expertos en diversas materias del desarrollo humano, una especie de adicción si así podíamos llamarla, de las nuevas generaciones por el uso de artefactos electrónicos.


Con cierta preocupación veíamos como algunos hogares hacían de estos equipos los cuidadores o niñeras de los menores. Veíamos también, como infantes parecían nacer un chip en sus deditos, pues bastaba con darle un celular, tableta o equipo electrónico y observábamos cómo se manejaban con ellos, parecía que siempre los hubieran tenido.


Parecía ser algo tan natural en ellos, como el instinto a la sobrevivencia que algunos indican que tienen los infantes, si los tiramos en una piscina.


Enfrentamos otro momento histórico, el inicio de un año escolar con salones sin estudiantes. Ese primer día de clases tan esperado este año no será igual, tal como pasó con las graduaciones de este año. Aquellas fotos con uniforme, bulto, peinados y hasta el tradicional llanto de los padres ante la nueva experiencia de su hijo o hija, requerirán que nos reinventemos para no perder el valor de ése momento.


La educación a distancia desde sus inicios ha sido un sistema de enseñanza aprendizaje que se desarrolla parcial o totalmente a través de tecnologías de información y comunicación bajo un esquema bidireccional entre el profesor y el alumno. Este modelo “virtual” en gran medida responsabiliza al estudiante de su propia formación. El maestro, a través de video y reuniones virtuales interactúa con sus estudiantes y utiliza herramientas para fortalecer el aprendizaje que puede verse impactado por el distanciamiento.


Aunque estoy segura, que tenemos nuestras opiniones de lo que se gana y lo que se pierde en un modelo virtual vs uno presencial, en estos momentos no es cuestión de escoger, sino de adaptarnos. El reto mayor y la preocupación no debe estar en el tiempo que estén los estudiantes frente a un equipo electrónico, porque para eso están preparados los educadores que saben cuál debe ser el justo balance, tampoco debe ser si necesitan asistencia o no en el manejo de los equipos, porque estas generaciones son digitales, sino lo cree, ponga en manos de un niño o adolescente un celular y verá lo que pasa. El reto mayor, está en la seguridad que transmitan los padres de que el proceso fluirá y en la confianza y respaldo que den a las escuelas en las que confían la educación de sus hijos. Que la preocupación por la salud, no nos nuble la vista y nos separe en luchas que a quienes único afectarán, será a nuestros estudiantes, porque en este momento no es cuestión de escoger, sino de adaptarnos.

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