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  • Foto del escritorEditorial Semana

Si fracasa la justicia, fracasa todo


Por: Lilliam Maldonado Cordero


El uso de la expresión “decisión salomónica” en instancias cuando personas, en alguna circunstancia donde existe alguna controversia -meritoria o no-, buscan justificar una solución que satisfaga de igual modo a todas las partes involucradas, podría resultar en favorecer a la parte que no tiene la razón y perjudicar a la que tiene los méritos para prevalecer en un dictamen.


Esta frase tiene su origen etimológico en el episodio bíblico atribuido al rey Salomón, al haber decidió sabiamente en un juicio presidido por él, cuando dos mujeres, una de ellas la verdadera madre de un niño, y otra, una impostora, aseguraban que el bebé era suyo. El juez caviló sobre este diferendo y, como sentencia, levantó al niño por una pierna para partirlo por la mitad y ofrecerlo en partes iguales a cada una. La verdadera madre, al ver que la muerte sería un juicio cruel e irrevocable que le quitaría a su hijo para siempre, rogó al juzgador que no lo partiera y lo diera a la impostora. Poco tardó el juez en reconocer quién era la madre del infante, y se lo entrega.


Un relato parecido al anterior es el de Tomás Moro, a quien tocó dirimir una diferencia entre su esposa y una mendiga. Ambas reclamaban ser dueñas de un mismo perro. Para resolver el asunto, el juzgador colocó a ambas mujeres en lados opuestos de un salón, mientras llevó el animal al otro extremo y pidió a las mujeres que lo llamaran. El perro, sin titubear, se dirigió a la mendiga, probando que era la dueña del animalito en controversia. En este relato, la parte perdidosa fue la esposa de Tomás Moro. El no tuvo resquemor en tomar tal acción, lo que es prueba de su sentido de ética, justicia e imparcialidad.


Estos procesos sobre los cuales una persona con el poder de hacer justicia tiene el deber de solucionar un conflicto entre partes se conoce como arbitraje. Existe la presunción -muchas veces errada- de que el juzgador tendrá más libertad de acción basándose en el supuesto principio de equidad y justicia que propone una “solución salomónica”, partiendo de la doctrina de la buena fe.


Existen conflictos que no pueden resolverse fácilmente por no contar con evidencia suficiente, criterios concretos o probados y hay asuntos sobre los cuales cabe duda razonable. En estos casos, algunos juzgadores -padres, maestros, pastores, líderes y jueces- piensan que decidir salomónicamente es la única forma de ser ecuánime para satisfacción de todas las partes, cuando esto no es sinónimo de justicia.


Del mismo modo, existen diferendos que están resueltos de su faz: el testimonio de las partes, la evidencia irrefutable, las pruebas y, muy importante, el carácter de los involucrados: un temperamento apacible opuesto a la violencia; la verdad opuesta a la mendacidad; el propósito de alcanzar resoluciones justas basadas en hechos incontrovertibles contra la intención de engañar; la disciplina contra la temeridad; y buscar defender los derechos de la mayoría en contraste con la intención de defraudar a terceros. Buscar alcanzar una solución salomónica en estos casos representa, más que una desventaja para la parte a quien le asiste la razón, un craso ejemplo de injusticia, y la condonación a la impunidad, responsable de tantos males que aquejan nuestra sociedad.


Albert Camus lo resumió así: “Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo”.

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