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Somos lo que comemos




Por: Lilliam Maldonado Cordero


Aunque algunos atribuyen el origen de la frase “somos lo que comemos” a Hipócrates o a William Shakespeare, la historia apunta a que su gestor fue el filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach. Claro, hay que hacer la salvedad de que, en el caso de Hipócrates, sí existen citas en las que este afirma que “el alimento es la medicina del hombre”, pero esta aseveración no posee una calidad indivisible e interdependiente entre ambos, el cuerpo y el alimento, con la misma claridad y vehemencia que lo planteó Feuerbach.


En un escrito titulado Enseñanza de la alimentación, Feuerbach aconsejó que, si el Estado buscaba el bienestar del pueblo, en vez de discursos contra los pecados, debían preocuparse más en dar acceso a mejores alimentos a los de las clases más desfavorecidas, porque “el hombre es lo que come”, afirmaba. Históricamente -y todavía ahora en muchas instancias- el Estado ha sido una falange de la fe organizada en religiones, con la visión de que los males que condenan el espíritu justificaban una alimentación modesta basada en el agua y el pan como nutriente suficiente. Como humanista y materialista histórico, Feuerbach rechazaba esta mentalidad, pues parecía no aplicarles a los líderes religiosos ni a las clases más afluentes.


Han pasado cientos de años desde que esa frase vio la luz, pero recientemente ha servido para justificar la importancia del contenido de lo que comemos y promovido la creación y el mercadeo de dietas, unas más saludables que otras, y casi todas costosas, pues el fin es alimentar el consumo, no tanto así el cuerpo. También, se han ideado conceptos que no son nuevos, como el ayuno, cosa que en el pasado constituía un sacrificio del cuerpo para aplacar los apetitos mundanos y disciplinarlos para alcanzar algún favor divino. Ahora, el ayuno es algo de moda, y el propósito es bajar de peso para lucir mejor.


Si Feuerbach estuviera vivo aún y viera cómo ha cambiado la finalidad de su propuesta filosófica, que buscaba como fin social proveer alimentación de mejor calidad a los desposeídos, se escandalizaría. Ahora, su máxima se ha convertido en otro slogan de mercadeo.


Como padres y madres, debemos modelar la manera en que comemos delante de nuestros hijos. Debemos enseñarles, también, que no debemos comer por impulso ni de forma excesiva, y que es importante compartir de nuestras bendiciones con los demás. En muchas ocasiones, mientras vemos televisión en las noches, antes de dormir, somos bombardeados por anuncios que nos quieren engullir por los ojos comida rápida, pizza, hamburguesas, papas y tantas cosas que, humanamente, sería imposible ingerirla toda y, mucho menos, a esas horas. Pero, no podemos negar que se nos despierta un apetito voraz que, a veces, nos hace claudicar a la disciplina de no caer en excesos.


Al recordar esta frase, también reflexionemos que no solo somos lo que comemos, sino cómo comemos, por qué lo hacemos y cuánto ingerimos por impulso o adicción. Asimismo, pensemos en los excesos y desperdicios de los alimentos que descartamos, mientras otros padecen necesidad y carencia. Esto también es reflejo de que, como sociedad, “somos lo que comemos y también lo que otros no pueden comer”. La moderación, la responsabilidad y el ejemplo a nuestros niños sobre la manera en que nos alimentamos es parte, también, de la enseñanza que les brindamos sobre responsabilidad.


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