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  • Editorial Semana

Taiguaitiao, Taino ti


Por: Lilliam Maldonado Cordero


La palabra paz proviene del latín, “pax”, que se refiere a un periodo de estabilidad, es decir, tiempo sin guerras ni conflictos entre los pueblos. Estos tiempos de paz en el pasado eran resultado de pactos o pagos mediante el resarcimiento de tributos. En la actualidad, los países más poderosos negocian términos dirigidos a desalentar los conflictos que pongan en entredicho la estabilidad política y social de los países de la tierra, y aunque no lo queramos reconocer, muchas veces media el resarcimiento de deudas o el pago -concreto o en especie-, de tributos.


La paz, en su interpretación religiosa, nos señala un sentimiento de bienestar integral que busca la armonía con los componentes de nuestro entorno y cada uno de sus actores. La paz, por sí misma, es una semilla estéril. Para que rinda fruto, necesita el maridaje sano del anhelo de bien entre las personas por encima de las diferencias, de sentir que gozamos de una salud física relativamente plena, de sentir que nuestras necesidades materiales y espirituales están satisfechas, de disfrutar del gozo de la tranquilidad, de tener el garante del respeto a nuestra dignidad y, para aquellos que tenemos fe o conciencia religiosa, de contar con la esperanza de la salvación, la vida eterna y la bendición divina.


La paz, desde la experiencia individual y cotidiana, se manifiesta por un sentimiento de concordia y tranquilidad que se extiende desde nuestro bienestar físico, alcanzando el familiar y comunitario. Una de las expresiones más comunes y cotidianas que ha trascendido las épocas y los pueblos es el deseo de paz y bienestar para los demás, expresados en un sencillo: “Dios te bendiga”. Este deseo de bien trasciende los asuntos de conciencia cultural o religiosa. Se sabe que otros países se desean bendiciones mutuas saludando con un “Shalom”, es decir, “la paz sea con vosotros”, o la versión árabe, “la paz sea contigo” con un “As-Salaam-Alaykum”, mientras otras culturas saludan con un “namaste” que significa, “me inclino ante ti”. Nuestros taínos saludaban con un simple “Taiguaitiao”, que quería decir, “hola, buen amigo”, o un sencillo y poderoso, “Taino ti”, es decir, “Que el Buen Gran Espíritu esté contigo”.


La paz no es un deseo que se limita al individuo y su contexto familiar y comunitario. La paz es la búsqueda de un estado de apacibilidad general que implica la ausencia del conflicto, y del peligro inminente y las consecuencias colaterales de la guerra. No solo sufren del asedio de la guerra sus víctimas inmediatas, sino que las pérdidas colaterales y las consecuencias a nivel mundial se extienden, como ondas expansivas, dejando secuelas de dolor, precariedad y muerte a través de nuestro mundo.


Otra manifestación de la falta de paz se materializa en el insulto de los conflictos bélicos en el mundo, que inciden en la falta de disponibilidad de alimentos y medicamentos para millones de seres humanos. La expresión más destructiva de la falta de seguridad internacional se encarna en la falta de la justicia. Los gobiernos con el poder para ello, desde las alianzas internacionales, tienen un deber inalienable por codificar y establecer los criterios que pondrán límite a las agresiones contra otros pueblos más vulnerables, de manera que se garanticen los principios de justicia, equidad y paz internacionales.


Por ello, consagremos, con la palabra o los actos, el deseo de “paz” a los demás, como dirían nuestros taínos, “Taino, ti”.

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