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  • Foto del escritorEditorial Semana

Un “ángel” en Navidad


Por: Lilliam Maldonado Cordero


Estas fechas se caracterizan por la alegría de las fiestas y el compartir en familia y comunidad. Andamos con mucha prisa, con las agendas apretadas de compromisos, manifestando los signos propios de las exigencias que nos imponen el materialismo y la sociedad del consumo y desecho. Gastamos demasiado dinero en demasiadas cosas que no sustituyen un abrazo, un gesto de cariño o una palabra de aliento. La delincuencia también incrementa, seguramente por la presión de una sociedad que obliga a “tener más” a pesar de no contar con los recursos, aumentando así nuestro sentimiento de inseguridad personal.


Las exigencias que el consumismo impone a una sociedad cada vez más carente de recursos emocionales y materiales -desempleo o subempleo de muchos- para manejar las carencias, gestan urgencias artificiales de poseer más y mejores cosas, resultado de la seducción y el bombardeo mediático y publicitario de la ostentación desmedida. Este es uno de los pesares más perjudiciales para el espíritu.


Cargándonos y cansándonos de la banalidad, se nos va el tiempo cavilando sobre lo que tenemos que hacer, comprar, empacar, regalar… y de pronto, nos visita un milagro.


Saliendo de una tienda hacia mi vehículo, caminaba con la prisa característica de esta época empujando con fuerza el carrito de compra cargado con el botín propio de la Nochebuena y Navidad, preguntándome cómo podría acomodar las cosas. Al llegar a la guagua, abro el baúl y siento una presencia a mi lado. “Buenas tardes. Si desea, puedo ayudarla, porque uno a uno se va a tardar mucho”. Me volteé sobresaltada y vi a un joven bien puesto que tenía en sus manos un paquete de baterías -seguramente para los juguetes que obsequiaría el Niñito Jesús en la Nochebuena-. De inmediato, comenzó a colocar los artículos de mi compra en el baúl. Confieso que comencé a temblar de pies a cabeza, pensando en todos los eventos de robos y secuestros que vemos por la televisión, mientras sentía mi sangre helada recorrer cada atrecho vascular del cuerpo.


Pienso que el joven se dio cuenta, porque yo permanecí enmudecida, y comenzó a colocar todo con más celeridad. Al terminar, pude musitar “Muchas gracias. Felicidades”. El hombre caminó hacia su auto y me quedé agarrada del carrito de compras como si fuese un salvavidas. Mientras devolvía el carrito a su lugar, lo perdí de vista.


Ya de vuelta a mi auto, me siento, retiro mi mascarilla y me desinfecto las manos -otra malignidad de estos tiempos-, lo enciendo y respiro profundamente. De inmediato me llegó un versículo del apóstol Mateo: “y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará”.


Entonces, recordé el gesto de desprendimiento del joven en el estacionamiento del centro comercial que me ofreció una mano de forma desinteresada, a quien nunca le pregunté su nombre ni para qué eran las baterías que se le cayeron por ayudarme. Tampoco le conté qué iba a cocinarle en Navidad a mis hijas, mis nietos y la familia, porque estaba muy asustada por las realidades y los mitos de una sociedad demasiado ocupada con la ostentación.


En el silencio de la soledad, pedí a Dios que lo bendijera mientras arreglaba mi retrovisor. Entonces, la bocina del carro que estaba esperando que desocupara el estacionamiento me urgió a que siguiera la marcha esa tarde complicada de Navidad. Accedí agradecida pues, sin esperarlo, me había visitado un “ángel”.

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