• Editorial Semana

Un gobierno con aspiraciones turbias


Por: Jesús Santa Rodríguez


Estamos en medio de una crisis social y de seguridad sin precedentes. Asesinatos, masacres, crímenes de odio, suicidios y violencia machista son solo algunas de las cicatrices que van desfigurando la faz de nuestro País, semana tras semana, mientras se suman las también lamentables muertes por el Covid-19, una emergencia mal manejada que, para finales de año, podría sobrepasar las mil muertes de puertorriqueños de todas las edades, con énfasis en los más frágiles y pobres, por tener poco o ningún acceso a tratamientos y atención médica de calidad.


En enero pasado, durante las primicias de un nuevo año, el País fue testigo de dos masacres en un mismo mes. Ya a inicios de octubre, se reportó una séptima masacre con un saldo de cuatro vidas jóvenes cegadas y varios heridos. La mayoría de las masacres, crímenes y delitos parecen tener como vínculo la violencia por el control de los puntos y la venta ilegal de drogas y narcóticos, un asunto que las autoridades locales y federales han fracasado en controlar. En Puerto Rico, a pesar de la pandemia que mantiene encerrados a la mayoría de los ciudadanos, la Policía reportó más de 400 muertos a mediados de este mes. Muy pocos de estos delitos serán esclarecidos, por ende, no serán encausados por la justicia, perpetuando el clima de gran inseguridad que abona a un estado de ansiedad y agobio generalizado.


Otro delito que ha tomado un lamentable protagonismo en nuestro País lo es la violencia machista, donde es necesario incluir, no solo los asesinatos de féminas a manos de sus compañeros, sino también los secuestros, las desapariciones y las decenas de miles de mujeres que sufren el maltrato, silenciadas, en sus hogares. En muchos casos, opera la complicidad de amigos y familiares que no quieren o no se atreven denunciar esta llaga social. A esta vil estadística hay que sumar los crímenes de odio, que no son otra cosa que la manifestación de la intolerancia a la diversidad, algo muy distante a las reglas de solidaridad incondicional y respeto que promueven todos los libros sagrados, particularmente las religiones judeocristianas que acogen el “amar al prójimo como a uno mismo” como mandamiento principal dejado por Cristo a todos sus seguidores.


El Puerto Rico en el que hoy vivimos no es nada parecido a lo que aspirábamos, hace décadas, para dejar como herencia a nuestros hijos e hijas. Por ello, es todavía más importante reconocer el grado de indiferencia casi criminal del Partido Nuevo Progresista, que como institución de gobierno y en calidad de mayoría legislativa, se ha dedicado a maquillar esta crisis, atendiendo asuntos intrascendentes por un lado y amapuchando por el otro, la corrupción y el clientelismo aprobando leyes que derrotan la transparencia como principio ético a la hora de gobernar.


Estamos a menos de tres semanas de las elecciones. Puerto Rico merece un gobierno que no tenga los dedos a amarrados con la corrupción y la venta en descuento del País a los grandes intereses. Un gobierno que dé prioridad a los problemas serios que nos aquejan y atentan contra el clima de justicia, equidad social y dinamismo económico por el que lucharon las generaciones de puertorriqueños que nos precedieron. Nuestro País merece mucho más de lo que le ha ofrecido, hasta ahora, este gobierno corrupto de intenciones aspiracionales turbias.

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