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Invertir en la infraestructura cívica

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • hace 1 día
  • 2 min de lectura
Por: Nitza Morán Trinidad
Por: Nitza Morán Trinidad

Cada vez que se acerca una celebración patriótica de gran magnitud, surge un debate recurrente: ¿vale la pena destinar recursos a conmemorar acontecimientos históricos cuando existen tantas necesidades urgentes? La pregunta es legítima, pero la respuesta requiere una mirada más amplia, una que trascienda el costo inmediato y valore el significado de preservar la memoria colectiva.


La celebración del 4 de julio de este año tiene un significado especial. No se trata únicamente de conmemorar un aniversario más de la independencia de Estados Unidos, sino de celebrar los 250 años del nacimiento de una de las democracias constitucionales más antiguas y estables del mundo. Esta fecha simboliza la permanencia de instituciones, principios y libertades que han resistido guerras, crisis económicas, divisiones políticas y profundos cambios sociales. Quienes critican los gastos asociados a estas conmemoraciones suelen enfocarse exclusivamente en el aspecto presupuestario. Sin embargo, olvidan que las naciones también tienen el deber de invertir en cultura, memoria histórica y formación cívica. Así como se invierte en estructuras antiguas para preservar la historia, también es necesario invertir en infraestructura cívica para fortalecer el sentido de pertenencia, identidad y responsabilidad democrática.


Las grandes celebraciones nacionales también tienen un impacto económico directo e indirecto. Generan actividad turística, impulsan el comercio local, benefician a hoteles, restaurantes, transportistas, artistas y pequeños negocios, produciendo un efecto multiplicador sobre la economía. Pero existe un beneficio aún más importante: el fortalecimiento de la identidad democrática. Las generaciones más jóvenes necesitan comprender que las libertades que hoy disfrutan no surgieron por casualidad. Fueron el resultado de sacrificios, decisiones difíciles y un compromiso permanente con principios como la libertad individual, la participación ciudadana y la protección de los derechos fundamentales. Recordar esa historia no constituye un acto de nostalgia; es una inversión en educación cívica.


Para Puerto Rico, como parte de la nación americana y con una ciudadanía que ha servido con honor en las Fuerzas Armadas, esta conmemoración también debe ser vista como una oportunidad para reafirmar el vínculo histórico, cívico y democrático que nos une a Estados Unidos. Ese vínculo, con sus complejidades y debates, forma parte de nuestra realidad política, social e institucional. Las grandes naciones celebran su historia porque comprenden que la memoria fortalece el presente y ofrece dirección hacia el futuro. Francia celebra la Toma de la Bastilla, México conmemora el Grito de Dolores y España honra su Fiesta Nacional. Estados Unidos, al acercarse a sus 250 años de independencia, tiene razones de sobra para realizar una conmemoración a la altura de su trayectoria histórica y de la influencia que ha ejercido sobre el mundo. Las celebraciones patrióticas deben evaluarse no solo por su costo, sino por su capacidad de inspirar, educar y unir. 


Cuando una nación honra su pasado con responsabilidad, fortalece los principios que sostienen su democracia y transmite a las nuevas generaciones el compromiso de preservar ese legado. La democracia no solo necesita instituciones fuertes. También necesita ciudadanos que conozcan su historia, valoren sus libertades y comprendan el significado de pertenecer a una comunidad política que, durante 250 años, ha buscado perfeccionar el ideal de libertad, participación y democracia.


La autora es senadora por San Juan,

Aguas Buenas y Guaynabo

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