Jenniffer prosigue con su gira de la vergüenza: versión federal
- Editorial Semana

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Si algo quedó claro en la vista del Senado federal de la pasada semana a la que compareció la gobernadora Jenniffer González es que, para efectos prácticos, Puerto Rico viajó a Washington a hacer el ridículo ante prensa internacional. La mandataria llegó con la seguridad de quien cree que puede convencer a medio planeta de que el Gobierno de Puerto Rico no tiene ningún problema. Porque, para la gobernadora, el problema no es la corrupción rampante, ni los contratos dudosos, ni la incompetencia administrativa, ni la sombra omnipresente de Francisco Domenech. No. El problema es Sebastián Negrón, ese funcionario cuya reputación profesional ha sido un ejemplo de seriedad. Pero para Jenniffer, él “miente”. Así, sin pestañear. Como si el país y los senadores y congresistas no supieran distinguir entre una figura respetada y un operador político con un historial de imputaciones de corrupción e influencias indebidas tan largo que necesitaría un anejo especial en el presupuesto para financiar los efectos de sus gestiones.
La defensa sobre Domenech fue tan apasionada que uno pensaría que la gobernadora estaba defendiendo a un prócer nacional y no a un funcionario cuya presencia en el gobierno ha sido, como mínimo, tóxica para la administración pública.
Mientras tanto, desde Washington, la mofa se intensifica. Sabían que presenciaban un espectáculo tragicómico: Jenniffer tratando de explicar por qué su administración parece un catálogo de escándalos, y los senadores observando como quien presencia un truco de magia mal ejecutado: el truco de convertir, por repetición, la mentira en verdad.
El PNP, por su parte, ha logrado un hito histórico: colocar en un mismo nivel de preocupación nacional la corrupción, la desfachatez administrativa, la falta de seguridad, la ruina del sistema eléctrico y del sistema de acueductos y alcantarillados, el estancamiento económico y la pérdida total de esperanza. Es un logro monumental, aunque no precisamente uno que se deba celebrar. Han conseguido que el país sienta que no hay salida, que no hay dirección, que no hay futuro. Le han robado la esperanza al pueblo, y lo han hecho con tal eficiencia que hasta los congresistas parecen más preocupados por Puerto Rico que su propio gobierno.
La vista del Senado federal no fue un accidente ni un mal día. Fue el espejo que la administración de Jenniffer se niega a mirar. Y mientras la gobernadora insiste en que todo es un invento, el país observa cómo su credibilidad se evapora y cómo la indignación se transforma en resignación. Lo que ocurrió en Washington fue, simplemente, la confirmación de que este gobierno ha perdido el control y el respeto.
El autor es representante por Caguas
en la Cámara de Representantes




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