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Una sembradora de fe, vida y esperanza.

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 2 abr
  • 3 Min. de lectura

Por: Myrna L. Carrión Parrilla


La reflexión de esta semana nace desde el recogimiento del alma, desde ese espacio donde el dolor de una partida se encuentra con la gratitud por una vida bien vivida. Hoy quiero rendir homenaje a una mujer extraordinaria: Epifania Parrilla Figueroa, nuestra querida Fanny, quien ha pasado a morar en los brazos del Señor, dejando tras de sí un legado inmenso de amor, servicio y fe.


Fanny, como le llamábamos quienes tuvimos el privilegio de conocerla de cerca, o “Mrs. Fanny”, como la recordarán generaciones de estudiantes, dedicó más de 55 años de su vida a la educación. Fue maestra de economía doméstica y orientadora profesional en diversas escuelas públicas y privadas de Caguas, marcando profundamente la vida de miles de jóvenes que encontraron en ella no solo una educadora, sino una guía, una consejera y, muchas veces, un refugio.


Hablar de Fanny es hablar de vocación en su máxima expresión. No ejercía su profesión como un trabajo, sino como un ministerio. Cada estudiante que llegaba a su oficina encontraba una puerta abierta, una palabra sabia y una escucha sincera. Su mirada siempre estaba llena de compasión, y su consejo, impregnado de una fe firme que no imponía, pero que inevitablemente se transmitía. Fanny no solo orientaba carreras; orientaba vidas.


Junto a sus hermanas, fue pilar fundamental en la fundación de la Academia Cristo de los Milagros en Caguas, una institución que recoge y proyecta muchos de sus principios: la fe como norte, la educación como herramienta de transformación y el servicio como estilo de vida. Allí, su huella permanece viva en cada salón, en cada maestro, en cada estudiante que continúa formándose bajo esos valores que ella ayudó a sembrar.


Su vida fue, sin duda, un testimonio constante de entrega. Fanny consagró su existencia al servicio de sus hermanos, sobrinos, estudiantes y de toda persona necesitada que se cruzara en su camino. Su compromiso con la Iglesia fue profundo y activo; participó en múltiples organizaciones, entre ellas la Legión de María, donde vivió su fe de manera concreta, acompañando, ayudando y sirviendo sin reservas.


En este tiempo litúrgico de Cuaresma, su partida cobra un significado aún más profundo. Así como Jesús caminó hacia su pasión con amor, entrega y obediencia, Fanny vivió su propio proceso de enfermedad con una serenidad admirable, abrazando cada momento con fe, sin perder nunca la esperanza. Su cruz no fue de desesperanza, sino de confianza plena en Dios. Su dolor se transformó en testimonio, y su silencio en enseñanza.


Pero la Cuaresma no termina en la cruz. Nos conduce a la esperanza de la resurrección. Y es ahí donde hoy debemos mirar. Porque Fanny no termina en su partida física; su vida continúa viva en cada uno de nosotros. Resucita en cada estudiante que orientó, en cada palabra de aliento que ofreció, en cada acto de amor que sembró. Su legado florece en quienes aprendieron de su ejemplo a vivir con fe, a servir con humildad y a amar sin condiciones.


Hoy no solo lloramos su ausencia; celebramos su vida. Agradecemos a Dios el regalo de haberla tenido entre nosotros y asumimos el compromiso de continuar su obra. Porque mujeres como Fanny no pasan simplemente por la vida; la transforman, la elevan y la llenan de propósito.


Que su memoria nos inspire a vivir con mayor entrega, a mirar al prójimo con compasión y a recordar que la verdadera grandeza se encuentra en el servicio. Y que, en medio de nuestras propias cuaresmas, sepamos reconocer que siempre hay un camino hacia la luz.


Descansa en paz, querida Fanny. Tu misión fue cumplida. Tu siembra dará frutos por generaciones.

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