Cuando la fenos sostiene.
- Editorial Semana

- 12 mar
- 3 min de lectura

Permítanme esta semana compartirles mi reflexión ante la partida inesperada de uno de mis alumnos de primer grado. Hay momentos en la vida que nos detienen. Instantes que llegan sin aviso y que nos recuerdan cuán frágil y misterioso puede ser el camino que recorremos. Esta semana la comunidad escolar en la que a diario laboro ha vivido uno de esos momentos que marcan el corazón.
La partida inesperada de un ser querido siempre deja preguntas. Preguntas que muchas veces no tienen respuestas humanas suficientes. Cuando esa partida ocurre tan temprano en la vida, el silencio se vuelve aún más profundo y el dolor más difícil de comprender.
En nuestra escuela despedimos con profundo amor a uno de nuestros estudiantes de primer grado, Josan, un niño que llegó a nosotros desde muy pequeño, desde su tiempo en el Centro de Cuido, y que con el paso de los años se fue ganando el cariño de todos.
Los niños tienen una manera especial de tocar las vidas de quienes los rodean. Su risa es sincera, su alegría contagiosa y su forma de ver el mundo nos recuerda lo que muchas veces los adultos olvidamos: que la vida es un regalo que debe vivirse con sencillez, con amor y con gratitud.
Josan era precisamente eso para nuestra comunidad. Un niño lleno de luz, de entusiasmo y de talento. Sus maestras, sus compañeros y todos los que tuvimos la oportunidad de conocerlo guardaremos siempre en el corazón su sonrisa, su energía y la forma tan especial en que se daba a querer.
Josan deja también en la Tierra a su hermano gemelo, con quien compartió desde el primer instante de su vida un vínculo único e imposible de romper. Hoy confiamos en que, aunque ya no caminen lado a lado como lo hacían cada día, su hermano siempre estará acompañado por el amor y la presencia espiritual de Josan. Aquel que fue su compañero inseparable, su pequeño “alfa”, ahora descansa en los brazos del Todopoderoso. Desde allí, con la pureza que caracteriza a los niños, estamos seguros de que velará por su hermano y por todos los que en la Tierra recibieron y guardarán para siempre el inmenso amor que él supo regalar.
Cuando ocurre una pérdida así, el dolor es inevitable. Somos humanos y amar siempre nos hace vulnerables. Sin embargo, en medio de ese dolor también surge una invitación profunda a mirar la vida desde la fe.
Creemos que la vida es un regalo de Dios. Que cada persona llega al mundo con un propósito, con una misión única, aunque muchas veces no logremos comprender completamente sus tiempos. Hay caminos que parecen demasiado breves para nuestros ojos, pero que dentro del misterio de Dios tienen un significado que supera nuestra comprensión.
La fe no elimina el dolor, pero sí nos sostiene cuando sentimos que las fuerzas nos faltan. Nos recuerda que no caminamos solos y que incluso en los momentos más difíciles existe una presencia mayor que nos acompaña.
Experiencias como esta también nos invitan a detenernos y mirar nuestra vida con otros ojos. Nos recuerdan la importancia de abrazar más fuerte, de decir “te quiero” con más frecuencia, de celebrar los pequeños momentos y de vivir con gratitud cada día que se nos concede. Muchas veces vivimos apresurados, preocupados por lo urgente, olvidando lo verdaderamente importante: las personas que amamos.
La partida de Josan deja un profundo dolor en su familia, en sus maestras, en sus compañeritos de clase y en toda nuestra institución. Pero también deja una huella de amor que permanecerá con nosotros. Su vida, aunque breve, nos deja una lección poderosa: la alegría tiene un impacto enorme, la bondad deja marca y cada persona que pasa por nuestra vida tiene la capacidad de transformarnos.
Hoy nuestra comunidad abraza con respeto y solidaridad a su familia. Oramos por ellos y pedimos a Dios que su paz los acompañe en medio de este momento tan difícil.
Y mientras caminamos juntos en el duelo, también elegimos caminar con esperanza. Porque la fe nos recuerda que el amor nunca se pierde, que quienes han tocado nuestro corazón permanecen en él, y que incluso en medio de la tristeza podemos encontrar la fuerza para seguir adelante. Que esta experiencia nos inspire a vivir con más amor, con más gratitud y con más fe. Y que la luz de Josan, esa alegría que compartió con todos nosotros, siga brillando en nuestra memoria y en la manera en que elegimos vivir cada día.




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