top of page

De la violencia a la paz.

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 23 abr
  • 2 min de lectura
Por: Myrna L. Carrión Parrilla
Por: Myrna L. Carrión Parrilla

La paz no es un estado lejano reservado para los libros de historia o los discursos de líderes; es, ante todo, una decisión cotidiana que nace en lo más íntimo del ser humano. Sin embargo, cuando miramos el mundo que nos rodea, esa paz parece fragmentada, casi ausente. Las noticias que llegan desde el Medio Oriente nos muestran pueblos marcados por el conflicto, generaciones enteras creciendo entre el miedo y la incertidumbre. Y aunque esa realidad parezca distante, no es ajena a lo que también ocurre más cerca de nosotros.


En nuestras propias calles, la violencia se disfraza de rutina. Detrás de muchos de esos actos hay un enemigo silencioso: la droga. Esta no solo destruye cuerpos, sino que descompone familias, altera mentes y apaga conciencias. Jóvenes que pudieron haber sido esperanza se convierten en instrumentos de dolor. La guerra ya no necesita fronteras; se libra en esquinas, en hogares, en corazones.


Y es precisamente en los hogares donde más duele reconocer otra forma de violencia: la que ocurre entre familia. Allí donde debería habitar el amor, a veces se instala el resentimiento, la incomprensión y el silencio. También están los crímenes de odio, actos tan desgarradores que cuesta comprender cómo pueden nacer del ser humano. Más aún cuando las víctimas son niños inocentes, cuya única “falta” ha sido confiar en el mundo que los rodea.


Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿qué nos está faltando? Más allá de políticas públicas o estrategias de seguridad, hay una raíz profunda que muchas veces ignoramos: la ausencia de bases firmes en la fe. No se trata únicamente de religión como práctica, sino de una formación espiritual que cultive corazones mansos y humildes, mentes sanas capaces de perdonar, y almas que entiendan el valor de la vida.


Cuando esa base falta, el vacío se llena con vicios. Y los vicios no llegan solos; traen consigo desesperación, egoísmo y una desconexión peligrosa de la realidad y del prójimo. Poco a poco, la persona deja de ver al otro como un ser humano y comienza a verlo como un obstáculo, un enemigo o, peor aún, como nada.


Hablar de paz, entonces, no es ignorar la gravedad del problema, sino enfrentarlo desde su origen. La paz comienza cuando elegimos sanar lo interno, cuando decidimos educar en valores, cuando enseñamos con el ejemplo que el respeto, la empatía y el amor no son debilidades, sino fortalezas. Comienza cuando una familia decide escucharse, cuando una comunidad se une, cuando una persona opta por perdonar en lugar de herir, de valorarse en lugar de culpar al otro y con rencor y coraje optar por reclamar y cobrar lo que entienden haber perdido.


El llamado es claro: no podemos quedarnos como espectadores. Cada uno, desde su espacio, tiene la capacidad de sembrar paz. Puede ser, en una palabra, en un gesto, en una decisión. Puede ser rescatando a un joven, acompañando a una familia, o simplemente siendo luz en medio de la oscuridad.

La paz no llegará de golpe ni vendrá de fuera. Se construye, se cultiva y se defiende. Y quizás, si comenzamos hoy, desde lo pequeño, desde nosotros mismos, aprendiendo a dialogar y a expresarnos desde lo que construye, evitando los insultos y aquellas conductas que construyen la guerra.

Comentarios


bottom of page