¿Estamos preparados?
- Editorial Semana

- 30 jul
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Los incendios forestales en Europa, particularmente Francia, España e Italia, han arrasado con decenas de miles de hectáreas, destruyendo cientos de casas, obligado a miles a refugiarse, y afectado a decenas de bomberos que trabajan 24 horas diarias mitigando y conteniendo estos fuegos. La cifra de personas evacuadas temprano en la semana rondaba las 400,000, esto es, 70,000 más que toda la población de San Juan.
El martes pasado se esperaba que los incendios alcanzaran la región de Burdeos, Francia, habiendo ya unas 3,500 hectáreas destruidas en ese país. En España, los fuegos obligaron la evacuación de unos 20,000 residentes de las montañas al este de la capital, Madrid. En Almería, al sureste español, murieron 13 personas, con unas 48,500 hectáreas destruidas, y extendiéndose a otras zonas. Sumemos el desplazamiento y la muerte de animales. Se estima que alrededor de 400,000 hectáreas se han destruido al consolidar los estragos en varios países de la Unión Europea. Esto equivale a cerca de la mitad del área cuadrada de nuestra Isla.
Se desconocen con precisión las causas de estos siniestros, pero se asocian primordialmente al innegable cambio climático y a las olas de calor, la topografía de los terrenos y el comportamiento de los vientos. El cambio climático y el calor por el efecto invernadero ha deshidratado la vegetación en varios países, y ha ocasionado el derretimiento de enormes glaciares. Al tiempo, no se descarta que criminales ambientales hayan iniciado algunos de estos fuegos. Expertos en el manejo de incendios afirman que nunca habían enfrentado una emergencia de tal magnitud.
En Puerto Rico también estamos sometidos a temperaturas récord que afectan severamente la calidad de vida de los ciudadanos, causando fuegos en varios puntos de la isla. Los daños no solo trastocan la seguridad de la gente: la fauna se afecta, también es desplazada y muere. La agricultura y la ganadería reciben, igualmente, un impacto directo en la producción, potenciando la crisis por nuestra precaria falta de autosuficiencia alimentaria.
En nuestro caso, hay que reflexionar responsablemente por la ausencia de planes integrados para enfrentar una emergencia como la que están viviendo nuestros hermanos europeos y algunas provincias de Canadá. Quienes estamos siguiendo estas noticias tenemos el corazón roto y los pelos de punta, mientras nos preguntamos, ¿cómo enfrentarían las autoridades locales la propagación simultánea de incendios y la destrucción de miles de cuerdas como consecuencia? Si a esta fecha todavía existen cientos de familias desplazadas por los huracanes Irma y María obligadas a abandonar el país, ¿cuáles son los planes para contener otra ola migratoria que acabaría enterrando más nuestra economía? ¿Cómo se manejaría el desplazamiento de miles de familias por una potencial emergencia asociada a fuegos forestales de gran magnitud?
A esto hay que añadir el déficit de agua en los embalses y la incapacidad de bombearla para que alcance cientos de comunidades a causa de deficiencias en la infraestructura y las interrupciones en el servicio eléctrico. Son muchos los pueblos que sufren por la falta de agua desde hace semanas y, algunos, llevan meses. ¿Cómo manejaríamos una emergencia similar sin agua, camiones, aviones, helicópteros, ni personal especializado y adiestrado?
Los países europeos son ricos, y tienen recursos y protocolos de colaboración para combatir estos siniestros y reubicar desplazados. Nosotros, ¿qué haríamos de enfrentar una situación similar? Nuestra memoria es corta: otra vez, cuando caigan cuatro gotas de lluvia, olvidaremos cuán susceptibles estamos.




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