Involución
- Editorial Semana

- 13 ago
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Puerto Rico fue, hace décadas, modelo de progreso, oportunidades y calidad de vida. Quienes tenemos canas recordamos las distintas etapas de ebullición social y económica de nuestro país.
Un ejemplo simple y concreto de esta evolución está en aquellas “carreteras viejas”, como la Número Uno, por donde transitábamos entre el área metropolitana y otras zonas distantes a visitar familiares. Era una experiencia extraordinaria fluir en auto por vías sinuosas durante horas, fascinados por lo que luego descubriríamos era resultado de la inteligencia y el trabajo. ¿Cómo serían las vivencias y cuántos los sacrificios de quienes construyeron estos caminos a través de montes y montañas para conectarnos? Gracias al desarrollo de esa infraestructura y otros avances también disfrutamos de electricidad y agua “on demand”, no por acto de magia, sino por al compromiso de gente al servicio de la gente: mentes que lo conceptualizaron y diseñaron, y del trabajo y sudor de miles de trabajadores que creyeron en un nuestro proyecto de país.
Más adelante, se desenrollaron como rollos de tela los “expresos”, reduciendo el tiempo de tránsito entre destinos. Rememoro perfectamente la primera vez que viajé con mi familia desde San Juan a Ponce por la Ruta 52, que brillaba con la luz del sol como si fuera de plata. Recuerdo entonces haberle preguntado a mi padre cómo habían hecho esa carretera, y si tenía fin. El me explicó como mejor yo podía entender el proceso de planificación, diseño y construcción, y a lo otro me contestó que, “ningún camino tiene fin”. Su respuesta fue y sigue siendo resonante, como el resplandor de ese camino nuevo e infinito que se abría entre el verdor de las montañas hacia aquel azul de un cielo impertinentemente deslumbrante.
Hoy, vemos cómo aquel país de grandes retos y mayores oportunidades ha ido involucionando, como si se lo chupara un gran agujero negro de esos que hablan los físicos y astrónomos. Lo que se conoce como el contrato social, en Puerto Rico se ha convertido en un negocio quebrado. Por ejemplo, llamar a una dependencia gubernamental es un desafío, literalmente, pues hacen sentir al ciudadano como si le hicieran un favor. Capturó mi atención la noticia de un muchacho que viajó desde Tampa a Puerto Rico y lleva desaparecido tres meses en la isla. Como su familia no tenía conocimiento de su paradero, su abuela llamó a la Policía en Mayagüez, su último lugar de residencia, y le dijeron en el cuartel que tenía que hacer la querella en Tampa. Así como lo lee. Por experiencia, sé que sí existe un potencial infinito de incompetencia e insensibilidad, pues tengo un sinnúmero de relatos que pueden llenar enciclopedias, y que son, precisamente, la causa eficiente del hundimiento de este país en la pobreza, la incertidumbre y la inseguridad.
Acabo de recordar que tengo que lavar la ropa. Será cuando haya agua. Miro el anuncio de las Zonas que no tendrán servicio, pero no distingue la Zona 1 de la Zona 2. Cuando adivine o aclare ese pequeño dato, ruego que, entonces, haya luz. Cierro los ojos y rememoro aquel Puerto Rico “atrasado”, porque este está irreconocible. Aprendí de papi que ningún camino tiene fin, de Albert Einstein que, lo único infinito es la idiotez humana -porque del Universo todavía no se sabe-, y de mi abuela que, “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Ya veremos.




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