Jesús, el inmigrante
- Editorial Semana

- 25 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Para algunos es un mito o una alegoría. Para otros, una blasfemia. Para los cristianos -o quienes profesamos esta fe-, creemos con certeza que hace más de dos mil años nació un niño de padres humildes, en un pesebre, que encarnaría a Dios mismo anonadado, haciéndose hombre para cohabitar con nosotros. El niño, a quien su padre llamaría Jesús por orden de un ángel que se le reveló antes de que naciera del vientre de su mujer virgen, sería reconocido por muchos desde su nacimiento hasta hoy día como El Mesías, aquel que había sido prometido para redimir a un pueblo malagradecido que acabaría matándolo en una cruz. Ese rechazo resultó en un regalo para todos los pueblos que llegarían a conocerlo y creerle Dios.
Como Jesús traía un pacto de redención que rebasaría Belén, donde nació, y su lugar de origen y crianza, Nazaret de Galilea, ofreció desprendidamente una promesa de paz, pero también de división. Esto no puede tomarnos por sorpresa, pues El lo había advertido, según recogen los evangelios. Hoy, es más patente que nunca esta admonición. Mientras en el lado occidental del planeta iluminamos nuestros hogares con colores y los comercios se atiborran de adornos y regalos costosos, y pensamos en los manjares suculentos de las fiestas navideñas, Año Nuevo y Reyes, millones sufren o mueren de hambre, frío o víctimas de las guerras por la ambición de unos pocos que desean capitalizarlo todo: más riquezas, más tierras y propiedades, más juventud y salud, pero para ellos, no para los demás. Es como si estuvieran apostando a que vivirán miles de vidas, sin reflexionar que lo hacen esquilmando la vida o el modo de vida de los otros.
Entretanto, ponemos nacimientos y veneramos a las figuras que traen sentido al cristianismo: al Niño Dios, y a quienes dijeron “sí¨, José, su padre generoso, y María, su madre bienaventurada y favorecida. Mientras adoramos con fe y asombro agradecido ese milagro de desprendimiento del mismo Dios que nos regaló a su unigénito, se persiguen y dejan sin techo y comida a muchos niños Jesús, muchos José y muchas Marías, y guardamos silencio.
Pero, ¿cómo los más poderosos líderes del mundo no tienen la capacidad de reflexión sobre el milagro que la Navidad nos presenta? Y esto no tiene que ver con creer o no en la divinidad de Jesús. Aunque algunos lo crean una leyenda, no hay que ser cristiano para interpretar este evento como lo que es: una de las reflexiones más patentes de amor y desprendimiento. Dios nace encarnado en un niño pobre. Sus padres se encontraban respondiendo a un censo decretado por el imperio romano, y fueron a Belén a cumplir con las órdenes del César. En medio de esto, María enfrenta sus dolores de parto y no encuentra posada. Finalmente, es acogida en un pesebre entre bestias donde nace el niño. Herodes, el regente del imperio, se entera que hay un rey recién nacido y ordena matarlo por celos y ambición personal, pero al no saber quién es, ordena la muerte de todos los niños menores de dos años para asegurar su desaparición, y la Sagrada Familia emigra a Egipto para salvar al niño santo.
Jesús fue inmigrante más de una vez, desde el cielo y en la tierra. Más que una alegoría, la Navidad es un retrato de lo mejor y lo peor de nuestra frágil humanidad. Creamos o no en Cristo, vivamos en su reflejo. iFeliz Navidad!



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