Lecciones delCovid-19.
- Editorial Semana

- 21 may
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En días pasados fue emitida una alerta internacional ante el brote del virus de ébola registrado en varios países del oeste africano. Aunque la Organización Mundial de la Salud (WHO, por sus siglas en inglés) señala que todavía es muy temprano para temer una escalada a nivel pandémico, sí se emitieron anuncios oficiales de una emergencia de salud pública que requiere atención internacional.
Todavía tenemos frescos los malos recuerdos de la pandemia del covid-19, subestimada en Estados Unidos (EE.UU.) en sus inicios. Del covid-19 aprendimos a protegernos de las enfermedades infecciosas, pues muchos aún conservamos la costumbre de usar mascarillas en lugares concurridos y hospitales, recordando los protocolos que se activaron para evitar un mayor número de contagios y complicaciones relacionadas que resultaron en la muerte de más de 22 millones de personas, tanto directas como indirectas, según datos provistos por la WHO tan recientemente como la semana pasada. Este número es un aumento significativo de la cifra original de 15 millones de muertes directas e indirectas. Este ajuste estadístico reveló que las autoridades sanitarias fallaron en notificar con precisión las muertes indirectas como consecuencia de las interrupciones o falta de acceso a atención médica, los desafíos económicos enfrentados por millones de personas que quedaron desempleadas o subempleadas, y otros factores sociales.
Para entonces, EE.UU. contaba con una de las figuras más respetadas en salud pública, el médico e inmunólogo Anthony Fauci, director del Instituto de Alergias y Enfermedades Infecciosas entre 1984 y 2022, y luego asesor principal del presidente estadounidense, Joe Biden. Para el tiempo en que comenzaron los rumores de una posible pandemia y su llegada definitiva al escenario internacional, EE.UU. tenía como presidente a Donald Trump, quien demostró una resistencia irracional para implantar medidas sanitarias estrictas, pues él mismo no entendía o negaba la gravedad de la situación. Luego se lograron avances en el manejo de esta enfermedad, pues para 2021 hubo un cambio en la presidencia de ese país con Biden, quien tuvo mayor receptividad y tomó las medidas sanitarias necesarias para atajar el progreso del virus. Los organismos de salud internacionales se unieron para impulsar el desarrollo de vacunas, se implantaron protocolos exitosos de vacunación que ayudaron a desacelerar los contagios y las fatalidades, y se proveyó asistencia social por el disloque económico causado por el cierre total. Pero, el daño estaba hecho: EE.UU. fue el país con mayor cantidad de muertes directas a causa del covid-19.
Ahora, nos encontramos con esta preocupante advertencia sobre el brote que afecta a nuestros hermanos africanos en Uganda y el Congo, donde ya han muerto unas cien personas y hay cientos de casos sospechosos. Cabe resaltar que, nuevamente, Trump preside los EE.UU., y desmanteló varias organizaciones especializadas en el manejo de una posible pandemia. Pero, este dato por sí solo no es causa de alarma. Solo basta sumar el hecho de que el secretario del Departamento de Salud estadounidense, Robert Francis Kennedy, no es médico, sino un abogado conspiranoico y negacionista a ultranza de las vacunas, y el segundo al mando en Salud, aunque es médico, se especializa nada menos que en implantes de órganos sexuales masculinos, para usar un eufemismo. Ojo: la tasa de mortalidad del ébola está entre el 60% y 80%, y no hay vacuna.
No sé por qué recuerdo ahora al comediante cagüeño, Tavín Pumarejo, que acuñó la frase: “Estamos en la cúspide del fracaso”.




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