Niños con maletas emocionales
- Editorial Semana

- hace 8 horas
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Esta semana he estado pensando en la realidad silenciosa que enfrentan muchos de nuestros niños y jóvenes cuando la relación entre sus padres se rompe, pero la ruptura no logra transformarse en diálogo, respeto y acuerdos maduros por el bien del hijo que comparten.
Separarse como pareja puede ser una decisión dolorosa pero necesaria. Sin embargo, cuando la relación entre los adultos se mantiene cargada de hostilidad, resentimientos y luchas de poder, quienes terminan viviendo las consecuencias más profundas son los hijos. Ellos no se separaron de nadie. Ellos no eligieron. Ellos aman a ambos.
En los últimos años, los tribunales han promovido con mayor fuerza la custodia compartida, estableciendo en muchos casos que los menores pasen una semana en el hogar materno y otra en el paterno. Sobre el papel, la intención es justa: fomentar la corresponsabilidad y garantizar la presencia de ambos padres en la vida del menor. Pero me pregunto y les invito a preguntarse conmigo, si en todos los casos esta modalidad realmente responde al interés superior del niño.
Porque la teoría puede ser equilibrada, pero la práctica es profundamente humana.
Veo niños cargando bultos y mochilas de una casa a otra como si fueran visitantes permanentes en ambas. Los veo llegar a la escuela los lunes preocupados porque el uniforme quedó en el otro hogar, porque el libro de matemáticas está en la otra mochila, porque el permiso firmado se quedó en la otra mesa. Los veo aprendiendo demasiado pronto a adaptarse, a no molestar, a no expresar lo que sienten para no “complicar” más la situación.
La infancia necesita estabilidad. Necesita rutinas claras, espacios propios, una sensación de pertenencia que no se fragmente cada siete días. Cuando además existe conflicto entre los padres, el intercambio semanal puede convertirse en un constante recordatorio de la ruptura y en un escenario de tensión que el niño percibe, aunque nadie lo verbalice.
No se trata de cuestionar la custodia compartida como principio. Se trata de reconocer que no todas las familias están emocionalmente preparadas para ejercerla de manera sana. La corresponsabilidad no se logra dividiendo el calendario, sino construyendo comunicación respetuosa. Si los adultos no pueden coordinarse sin hostilidad, ¿cómo pretendemos que el niño transite con tranquilidad entre ambos mundos?
A veces, en el afán legítimo de ser justos con los padres, olvidamos preguntarnos qué necesita realmente el hijo. Y lo que estos necesitan no es equidad matemática; es paz. No es patrón fijo para relacionarse con cada uno de sus padres; es estabilidad emocional. No es ganar tiempo con mamá o papá; es no sentirse en medio de una disputa.
La vida ya corre con suficiente prisa. La escuela, las actividades, las exigencias sociales. Sin querer, los incluimos en ese corre-corre que los apresura a crecer antes de tiempo. Les pedimos que sean flexibles, maduros, comprensivos… cuando lo que deberían poder ser es simplemente niños.
Quizás la reflexión no sea si la custodia compartida es buena o mala, sino si los adultos estamos verdaderamente dispuestos a compartir también el respeto, la comunicación y la capacidad de anteponer el bienestar emocional de nuestros hijos a nuestras diferencias personales.
Porque al final del día, más que cambiar de casa cada semana, lo que más pesa en sus mochilas no son los libros y artículos que van de un lado a otro, son las emociones que no siempre sabemos ver.




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