Otra vez, pa’la Sanse
- Editorial Semana

- 15 ene
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Por: Lilliam Maldonado Cordero
Para quienes no solo queremos mantener vivo el folclor, sino también la naturaleza genética de las cosas que no pasan por casualidad, es preciso dar contexto a las Fiestas de la Sanse, inspiradas en San Sebastián. San Sebastián no fue un reguetonero ni trapero reconocido. Fue el primer cristiano inmolado por su fe. Nacido en Narbona, Francia, alrededor del año 256, fue víctima de persecución por convertirse al cristianismo. Sebastián, siendo militar y jefe de la guardia imperial de la corte, fue conmovido por el sufrimiento de los cristianos torturados y martirizados al negarse a renunciar a su fe, y utilizó su cargo militar para esconder, ayudar y proteger a estos cristianos perseguidos, lo que irritó a Diocleciano, que ordena su ejecución por flechas. Sebastián logra sobrevivir, y esto indigna más al emperador, que lo somete a un segundo martirio: apalearlo frente a él y echar su cuerpo en la Cloaca Máxima. Luego de varios años, Sebastián se le aparece a Santa Lucina, revelándole donde encontrar sus restos, que finalmente fueron hallados y sepultados en las Catacumbas cercanas a las reliquias de los Santos Apóstoles.
La Sanse, como se ha dicho, no es una fiestecita de hace un par de años, y su transformación ya trasciende Puerto Rico, convirtiéndose en un destino al que se dan cita miles de personas de todo el mundo. Se da cuenta que originaron en 1954, cuando el cura de la Iglesia San José del Viejo San Juan, padre Juan Manuel Madrazo, las organiza impulsando una feria de artesanías, comidas y otros artículos para recaudar fondos con el fin de reparar varios edificios de la Iglesia que estaban en deterioro o desuso. Como suele suceder, al padre lo relocalizaron, por lo que las fiestas quedaron en suspenso, pero en 1970, doña Rafaela Balladares y otros vecinos sanjuaneros retomaron las Fiestas, redimensionándolas y añadiendo los cabezudos que encarnan figuras de nuestro folclor y otras actividades.
Para entonces, y luego en los 80 y 90, era mucho menos el agite y la cantidad de parroquianos que “iban subiendo y bajando por las calles”. No había necesidad de baños portátiles, los negocios podían accederse con bastante facilidad y las filas para comerse un bacalaíto o un vaso de ensalada de pulpo no eran kilométricas. El recorrido se hacía calle arriba desde donde se consiguiera estacionamiento, por el Paseo de la Princesa -la Plaza del Quinto Centenario se inauguró para los 90-. Las paradas obligatorias eran Los hijos de Borinquen, La Tortuga, el Patio de Sam y otros negocios donde se cantaba a capela o acompañados por la guitarra de algún músico furtivo. Para entonces, no había celulares, AirB&Bs, Uber ni drones, y quienes estábamos jangueando por la Sanse y teníamos “toque de queda” estábamos pendientes a la hora del “curfue” para no buscarnos un lío con nuestras madres.
Otra vez, el Viejo San Juan se viste de fiesta, bomba, plena y las expresiones más recientes de la música popular, abriendo sus puertas coloridas y lustrando sus calles adoquinadas para recibir a cientos de miles de puertorriqueños y visitantes. Pero, recordemos que detrás de esta celebración está el reconocimiento del santo que bautiza la calle San Sebastián, que no estuvo dispuesto a renunciar a su fe, y es patrón de soldados, atletas, moribundos, arqueros y la peste. La fecha precisa es el 20 de enero de cada año.




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