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Rememorando la icónica huella de Abelardo Díaz Alfaro

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 23 jul
  • 3 min de lectura
Por: Juan Illich Hernández
Por: Juan Illich Hernández

Un día como hoy, 24 de julio del 1916 surge el natalicio de una de las incomparables e insuperables plumas y activistas políticos que no solo ha dado el pueblo de Caguas, sino también Puerto Rico, que es Abelardo Díaz Alfaro. Más allá de conocerle por su emblemática obra “Terrazo”, realizó múltiples cuentos de corte realísticos, que bien retrataban la viva y cruda imagen socioeconómica que atravesaban los puertorriqueños en esos momentos histórico- culturales de los turbulentos años 40’s. Además, es importante mencionar, que este, fue licenciado en el ámbito del trabajo social, hecho que le permitió adentrarse mucho más a la vida del campesinado con fines de retransformar y denunciar las viles condiciones psicosociales que afrontaba el ser social de ese entonces. 


En efecto, el reconocerle como una figura respetable, ilustrada y, sobre todo, experimentada, se la abrió paso para que tuviese representatividad de las voces silenciadas del ruralismo puertorriqueño bajo la palabra de Don Abelardo en la emisora WIPR. Tanto es así, que la subdivisión de educación a la comunidad llevada a cabo desde la vía radial generó eco y aires de liberación, sembrando conciencia social gracias a través de su construcción literaria de múltiples narrativas. Estas, evidentemente, exaltaban lo que atravesaban los hombres y mujeres de la época contra los vaivenes contraculturales que implementaba la ideología supremacista del colonialismo norteamericano. Queda claro, que Abelardo Díaz Alfaro, desde el saque de su pleno desarrollo psicosocial, estuvo más que consciente del estado sociopolítico e ideológico que avasallaba al país, por lo que, el recurrir al trabajo de base, justamente como es la educación popular, organización comunitaria y la propia escritura como arma política eran la idónea forma de cultivar compromiso social. De esa manera se crean los meritorios caminos hacia la transformación colectiva de abajo hacia arriba.     


Lo particular y más llamativo de toda esta batería de datos sociohistóricos acerca de Don Abelardo es que, ya a partir de la década de los 50’s en adelante, el estilo, plus fuerza semiótica de su lenguaje precoz o adelantado a sus tiempos, cobró otro giro sociolingüístico como nos dirían los mismos lingüistas. Tales señalamientos se debieron desde nuestra humilde opinión a la emblemática obra “Los perros”. A diferencia del Josco, que es el texto que más se lee a nivel escolar, dado a la rica nutrición de temas sociales que andan envueltos sobre el terruño animal, en el caso de “Los perros” la lucha del maniqueísmo o inagotable debacle entre el bien versus mal está siempre en juego. Nos dice la profesora Concha Meléndez (1975) “que dicha obra en específico resulta ser la creación magna de Abelardo debido a que el autor construyó otros puentes de interpretación narrativa más universalistas”. 


Por tal motivo, al hablar de Abelardo Diaz Alfaro, sea en territorio cagüeño como a nivel macrosocial es indispensable destacar la valiosísima impronta que dejó a nivel transdisciplinario, puesto que era un intelectual fuera de sus tiempos. Evidentemente, no podemos quedarnos con tan solo la cuestión cuentística como única descripción, sino también, a la imbatible lucha por la descolonización del país y sistema educativo. Esos triple saltos, que ejerció afuera del campo académico, son las prácticas sociales que hicieron viable el catapultar la erudita visión de mundo de analizar bajo otros anteojos científicos la crítica y multiforme “realidad” que pasó el sector más marginalizado, el ruralismo.   


Es por ello, que siempre es menester, el sacar un espacio de autoreflexividad para rememorar la recreación estética del sentimiento criollo mediante la vigente efigie de Abelardo. 

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